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Nick: HELIOGOBALO

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 QUILOMBO (N'DALATANDO)

 Escribe el relato: julio

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Mientras dejo atrás el ultimo edificio de la ciudad, un colegio religioso, no puedo dejar de pensar, en lo que acabo de ver mientras andaba por la calle, y es que todas las entradas al colegio son iguales en todo el mundo. Gritos y risas que lo inundan todo, niños y niñas corriendo presurosos con sus mochilas al hombro, los amigos que caminan juntos con sus brazos al cuello, niños que dan patadas a un balón. Carreras y persecuciones. Grupitos de niñas que ríen juntas. Otras que saltan a la comba con una doble cuerda. Parejas de adolescentes enamorados que se ocultan de las miradas y comentarios de sus compañeros de clase.

Unos niños rezagados pasan corriendo a mi lado intentando evitar llegar tarde a su primera clase.

Abruptamente la ciudad desaparece y es sustituida por una arboleda. La calle pasa a ser carretera y desciende haciendo una curva en forma de ‘S’. Aunque Intento evitar la cuenta, está llena de basuras y desperdicios, me es imposible. El trasiego de motos llevando gente, paquetes o ambas cosas a la vez es incesante. De la basura salen humaredas que llena todo el ambiente de un humo negro grisáceo y un olor desagradable. Avanzo con cuidado intentando no pisar lo que parece más desagradable. Intento no fijarme demasiado en las decenas de cucarachas y ratas que corretean entre la basura.

Al finalizar el descenso y tras una curva, el bosquecillo desaparece y veo un arrabal de N’dalatando. Es la típica “musseque”. Un barrio de casitas bajas, hechas de adobe, carentes de cualquier servicio básico, con pequeños patios donde humean unas brasas y corretean gallinas. Todas las casas se arremolinan alrededor de unas pocas calles de tierra, no más de cuatro, que cuando llueve, se transforman en auténticos barrizales.

Me aparto un poco para evitar ser arrollado por una moto. Veo como el final del barrio está marcado por un riachuelo de aguas grises. Me paro a observar. Unas mujeres arrodilladas en la orilla lavan ropa en el rio, que luego ponen a secar extendida en las orillas. Un poco más arriba de donde están las mujeres veo a un hombre que se baña desnudo en el rio. Miro como se enjabona. Lo hace concienzudamente. El pelo, la cara, el pecho, las axilas, el vientre, el pene, la espalda y como al terminar se introduce totalmente en el agua para quitarse el jabón, al salir hace un extraño gesto con sus manos por encima de la cabeza. Un poco más abajo de donde están las mujeres hay un grupo de cuatro jóvenes que limpian motos con un trapo y un cubo de agua. Hay al menos una docena de motos aparcadas, esperando su turno. Les veo introducir el paño en un cubo y después chorreando lo frotan contra las motos. Cuando el agua del cubo se acaba se acercan al rio y lo vuelven a llenar. El suelo es un barrizal. Trabajan al ritmo de una música que reconozco como Kuduro[i].

Al verme los jóvenes dejan de limpiar las motos y se acercan corriendo hacia mí. Veo como de la cintura de cada uno cuelga un machete. Sé, que el machete en Angola es todo un símbolo. Tan símbolo que está presenta hasta en el escudo de la nación. Lo llevan los campesinos o todo aquel que sale de la ciudad y trabaja en el campo para de esta forma hacer frente a las serpientes. Aun así, mentiría si os digo que no siento algo de miedo

Cuando me quiero dar cuenta los chicos han llegado a mi lado y me rodean. Son jóvenes, no pueden tener más de 16 o 17 años. Van sin camiseta y visten pantalones cortos de colores, Uno de ellos en lugar de pantalones lleva uno simples calzoncillos, que le quedan holgados.  En sus pies todos llevan las imprescindibles chanclas. Les miro unos instantes, están fuertes pero delgados, se les marcan los músculos de los brazos y de los abdominales. Diría que no deben tener problemas con las chicas. Me sonríen. El más alto se dirige a mi

  • ¿Tuga[ii]?
  • No, soy español, no portugués
  • ¿es vuestro negocio? – les pregunto señalando las motos
  • Sí. – ríen- Las motos más limpias de la ciudad. Tráenos la tuya, te haremos un buen precio - Me rio con ellos
  • ¿Tienes un cigarro?
  • No, no fumo
  • ¿Y algo de comer…?

Me saco la mochila del hombro y rebusco en el batiburrillo de cosas, en que se ha convertido mi mochila en estos días. Saco un par de chocolatinas, que seguramente me han dado en algún colmado junto con la vuelta de la compra y se las doy. Se las reparten entre ellos.

  • Gracias – me dicen, mostrando los dientes ahora llenos de chocolate – ¿y a dónde vas?
  • Voy al parque de Quilombo a conocerlo
  • Muy bonito. Seguro te va a gustar.
  • Ten cuidado- me dice el chico que se ha situado más a mi espalda- Te has dejado la mochila abierta y se te puede caer la cámara.

Compruebo que efectivamente, llevo la cremallera de la mochila abierta, y dándoles las gracias la cierro: nos separamos, no sin antes darnos un apretón de manos.

Avanzo ahora sí por la cuneta, libre ya de basuras, evitando que alguna de las motos taxis o coches que van a la cercana facultad de agronomía, me lleve por delante. Nada más pasar por delante de la entrada a la facultad, un edificio grande y gris perdido en medio del campo y rodeado de árboles, el trafico desaparece completamente y puedo andar por la calzada sin preocuparme.

Camino tranquilo disfrutando del paseo y de la mañana. Hace sol, aunque quizás por lo temprano de la hora aún no excesivo calor y noto como poco a poco el verde va ganando espacios y la foresta se vuelve más densa. El camino se adentra por un bosque de bambú. Me quedo atónito. Reconozco que mi única relación con esta planta hasta ahora, había sido el cerdo con bambú y setas del chino del barrio y ver frente a mí a esas plantas que pasan con holgura de los 20 metros de altura y acabadas en un mar de hojas me impresiona.  Me entretengo unos minutos vagabundeando entre los troncos, más gruesos que mi propio brazo, los acaricio con la yema de los dedos. El tacto es suave y algo húmedo, con anillos cada varios centímetros, que imagino indican la edad del árbol.

Vuelvo a la carretera y camino protegido por la sombra que proyectan estos gigantes…

Muy de vez en cuando me adelanta, haciendo sonar su agudo claxon, una moto taxi ocupada, así que imagino que más adelante debe haber algún pequeño pueblo. Aunque desde que sale de la ciudad el camino no ha dejado de empinarse, no se hace difícil ni cansado. Camino tranquilo y sin darme cuenta por fin llego por fin a la entrada del parque biológico. Al igual que me sorprendieron los bambúes me sorprende la entrada. Vale, lo admito, quizás esperaba algo más formal, quizás una garita con algún plano, o un cartel que me indicase los distintos árboles, flores y matorrales, pero en lugar de eso hay un cartel medio oculto por la maleza que indica que estoy entrando al Parque Botánico de Quilombo. Significa Reunión de Gente en lengua Kimbundu

Me paro y miro a mi alrededor. No hay nadie, no se oye una mosca, solo el rumor de la brisa entre las hojas. Me fijo en el paisaje y me doy cuenta de que lo estoy mirando por primera vez. Mientras caminaba, andaba absorto en mis cosas, y no me había fijado. Simplemente es increíblemente bonito. Es una sabana, donde el rojo de las onduladas colinas, contrasta con el verde de las hojas de las palmeras y de los pequeños árboles que salpican el paisaje. Me fijo que hay un rio que se pierde en el bosque y que el suelo está cubierto por altas hierbas de las que sobresalen millones de flores de todos los colores: rojas, blancas, amarillas, azules….

Siento el fresco aire de la mañana en aquel lugar, y creo ser la primera persona que ve ese paisaje. Sé que es una tontería, no soy la primera persona que se fija en ese paisaje, pero a veces, me pasa. Sentirme como Adán cuando abrió los ojos y comenzó a nombrar todo aquello que sus ojos veían por primera vez. Esto será hierba, y aquello una acacia, aquella flor será una orquídea y a los arboles del fondo los llamaremos Bambús.

Avanzo por el camino alquitranado y me pierdo por el bosquecillo. Me siento a gusto, el frescor que proporciona la sombra que proyectan los árboles, la brisa que corre a esa altura, el sonido de los pájaros. Oigo el murmullo de un arroyo o quizás, sea el rio que vi antes. Me dan ganas de introducirme en el bosque y si es posible darme un baño en las que imagino aguas cristalinas. Cuando me acerco a un sendero de tierra que creo me acercará al rio, me fijo en el cartel que indica que esa zona se terminó de desminar hace solamente 8 meses.  Podéis llamarlo prudencia, sensatez o sentido común, pero lo que yo sentí, cuando al leer el cartel decidí, no meterme por el camino y no ir al rio fue simplemente miedo y cobardía. Miedo de que alguien hace 8 meses no hubiese hecho bien su trabajo y aún quedase alguna mina enterrada en el camino, o en un sendero, o a la orilla del rio y cobardía de saber que a pesar de estar seguro de que ya no había minas enterradas, solo de pensar en perder un pie, una pierna o cualquier otro miembro y que allí no hubiese nadie para ayudarme y lo que es peor ni siquiera hubiese cobertura del móvil, y morir allí desangrado me hizo desistir de moverme. Urbanita europeo de las narices.

 

Así que aun oyendo el murmullo del agua y con el deseo del baño dentro de mí, no abandono la seguridad del camino. Avanzo entre un muro de buganvillas, que inundan todo de color y fragancia. Me fijo en las orquídeas que crecen en las ramas más altas de los árboles. Al poco, el sonido del bosque es sustituido por el de unas risas. Me paro y al girarme veo a dos mujeres que vienen andando detrás de mí.  Son “zunguerias” vendedoras ambulantes. Esas mujeres que llevan su mercancía en un cubo que sostienen encima de la cabeza y muchas veces a su hijo atado en un hatillo a su espalda y que van vociferando lo que venden “peixe,peixe” a su paso y que son parte esencial del paisaje de las calles de las ciudades y pueblos de Angola.

Me dan los buenos días cuando me adelantan. Se paran y se ponen a hablar conmigo. Las miro, son dos mujeres que aparentan tener más años de los que seguramente tienen. Se nota que la vida no las ha tratado bien, tienen la cara ajada y cubierta de arrugas. Una de ellas es tuerta del ojo derecho. Su pelo se pierde en un motón de coletas y pequeños moños, sujetos con gomas de colores. Visten de forma sencilla, con un traje de una sola pieza de tela decorada con motivos africanos, que les cubre del cuello hasta los pies, van descalzas y en la cabeza cada una lleva un cubo de plástico, grande, casi un barreño, que se ve vacío. En su cadera reposa un altavoz, con el que pregonan sus mensajes por las calles. Me preguntan qué hago y les digo que estoy haciendo fotos al paisaje. Se ríen y veo su boca desdentada. Me dicen que si las quiero fotografiar. Me rio con ellas y con un gesto les digo que no. Sé que, si las fotografío, les voy a tener que dar dinero y no estoy seguro del dinero que llevo encima, ya que cuando salgo de excursión no llevo mucho encima. Volvemos a reírnos y me contestan si es que no son guapas, mientras lo dicen empiezan a hacer unas poses como sie fueran modelos.  Me sigue admirando que pese a lo que se mueven, no se les caiga el cubo de la cabeza. Les digo que sí, que son preciosas pero que estoy fotografiando las flores. Volvemos a reír mientras siguen haciendo poses. Poco después nos despedimos, las veo alejarse y perderse por un camino que sale del principal para perderse colina abajo

 

Sigo andando por el bosque y confirmo que mis conocimientos de botánica son nulos, soy incapaz de distinguir un árbol de cualquier otro, todas las flores son buganvillas o si crecen en las ramas de los arboles orquídeas. Intento encontrar la flor que da fama a N’dalantando la rosa de porcelana. Llamada así por el tacto y el color de sus pétalos y que hace que parezcan enteramente una pieza de porcelana. Pero no hay o más seguramente no la sé buscar. Oigo el ruido de animales que andan, se ocultan o cazan en la hojarasca del bosque. Unos 40 metros delante de mí un cervatillo cruza a la carrera la carretera.

Sigo andando hasta encontrarme con el antiguo palacete de verano del gobernador portugués. El edificio fue utilizado posteriormente como cuartel general por el padre de la patria Agostinho Neto en la guerra de independencia y posterior guerra civil. Es un edificio grande, con innumerables ventanas pintadas de verde, tejado de tejas rojas que contrasta vivamente con el blanco de la fachada. Aunque presenta buen aspecto veo que todavía hay cuadrillas de obreros trabajando en su reforma y reconstrucción. Como se dice en Angola, deben estar esperando a los expertos…

Avanzo tranquilo, sin prisas disfrutando del paisaje, mis ojos se acostumbran a distinguir varias tonalidades de verde en un mismo espacio, sintiendo como mis pulmones se llenan del aroma de las flores, debajo de mí, en una hondonada, veo el cauce de un pequeño rio, quizás el mismo que oí un rato antes, y un poco más adelante veo un pequeño poblado. Hay niños jugando, me pregunto por qué no están en el colegio, gallinas correteando, ollas puestas al fuego de las que salen pequeñas columnas de humo. Imagino que las dos mujeres que vi antes vivirán en alguna de las casitas.

Sin darme cuenta y cuando empezaba a pensar en regresar, llego a la desviación del camino donde comencé el paseo, hasta ahora no he sido consciente de que el camino traza un circulo que rodea toda la reserva. Ando de nuevo, por la carretera que lleva a la ciudad, dejo atrás la entrada a la reserva, el bosque de bambú, y según avanzó hacia la ciudad, el tráfico especialmente de motos, se va intensificando. Llego al lugar donde me pararon los chicos. Los veo a lo lejos limpiando las motos, ellos también me ven y me saludan levantando la mano. Hago lo mismo y les devuelvo el saludo. Ya no hay ningún señor bañándose en el rio, pero sigue habiendo mujeres lavando ropa en el rio y las orillas siguen llenas de sabanas puestas a secar.

Cruzo el basurero y me encuentro de nuevo en las calles de N’dalatando. Avanzo entre los colegios, oyendo la letanía que sale de las aulas. Miro el reloj, son las 12 de la mañana.  Queda todavía media hora para que Adri salga de trabajar y nos encontremos para comer. Así que me dirijo hacia su oficina. Al llegar me siento en un banco debajo de un árbol que hay frente a las ventanas de su oficina y aprovecho para descansar.  No transcurre mucho tiempo cuando la veo mirar por la ventana y me hace un signo con la mano. No he terminado de levantarme cuando la veo salir por el portal. Me acerco a ella y después de un beso nos dirigimos a comer.

 

 

 

 

[i]  Música popular entre los jóvenes de Angola. Parecida al reguetón pero más vibrante y salvaje.

[ii] Termino coloquial con el que se conoce a los portugueses en el África Lusófona.


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