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Nick: ROPAVIEJA

Viajar es despegarte de tu mundo por un tiempo.

 INDONESIA

 Escribe el relato: Juan José Maicas Lamana

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INDONESIA: Cien países en uno

 

 

Abandono mi país algo deprimido. Deseo que el viaje que inicio me inyecte adrenalina, mis conciudadanos se encuentran al borde de la ruina, ya sienten ese vientecillo que suele correr en los acantilados mientras se sujetan con fuerza en el borde, en la arista del abismo. Cuando regrese... después de algunas semanas, quizás no encuentre ya a ninguno colgado, es muy difícil resistir tanto tiempo en esa posición, la depresión económica va tirando de los pies, hacia abajo..., hacia el fondo...

            Después de una escala en Estambul... y otra más en Singapur, y tras dieciocho horas de vuelo, aterrizo en Yakarta, la capital de Indonesia; como todas las grandes ciudades... un verdadero caos...

            Es difícil enamorarse de Yakarta, sofisticada y decadente, con poca delincuencia y mucha diversión en sus ambientes nocturnos. Veinte millones de habitantes soportan esta ciudad con tan pocos atractivos. Muchos monumentos dedicados al exdictador Sukarno de gran extravagancia arquitectónica. La urbe está llena de hoteles económicos y asquerosos. La policía islámica de cuando en cuando se dedica a destrozar bares y clubes. Se pueden encontrar oscuras y sórdidas discotecas pero también otras refinadas y elegantes.

            Es muy peligroso conducir por sus calles, se producen muchos muertos por accidente de tráfico cada día, nadie respeta las normas de circulación, pero este problema es común en todo el país. Me advierten que lo más arriesgado es viajar de paquete en una moto.

            Mi libro-guía duda... ¿Indonesia se compone de 17.000 islas o 20.000?, no se sabe a ciencia cierta, lo mismo sucede con las islas habitadas, ¿son 8.000 u 11.000?, y si se hablan 300 lenguas o son más. Parecen estár de acuerdo en que son unos 240 millones de habitantes.

            En Indonesia existen 100 países combinados en uno. El multiculturalismo es de gran importancia. Es el mayor país musulmán, y algo grave: la corrupción galopa sin control. El salario medio consta tan solo  de unos 150 dólares al mes.

            Me encuentro en una tierra enigmática y embriagadora. Un país que hasta 2009 ha sufrido revueltas, masacres y dictaduras.

            La actividad tectónica es importante en toda la región, lo mismo que los tsunamis; solo en Sumatra hay 100 volcanes. La deforestación y la agricultura no controlada están acabando con extensos espacios vegetales... con la selva.

Mantienen algunas cosas en común con los habitantes de la India, sobre todo en una particularidad: son muy curiosos y siempre tienen una sonrisa en la boca... para cada emoción.

            Deseo averiguar hasta dónde penetran las religiones en la sociedad indonesa. Los Estados hindúes, budistas, musulmanes o cristianos no son precisamente organizaciones caritativas dedicadas al bienestar de sus ciudadanos, si no todo lo contrario estas religiones se utilizan para adormecer las mentes.

            Indonesia es el cuarto productor de café del mundo, y claro... de arroz. Es espectacular observar los arrozales verde botella entre oscilantes palmeras. No hay que dejar pasar por alto la música popular con sus voces quejicosas, aunque por desgracia y debido principalmente al turismo abundan los grupos pasteleros tocando música machacona. Es un verdadero misterio verlos bailar con tanta agilidad a pesar de los semejantes vestidos que portan.

            Hay una isla que no voy a poder visitar, pero deseo apuntar aquí algunas de sus principales características..., esta importante isla es Sumatra, la más azotada por los desastres naturales. El tsumani de 2004 la traumatizó, en Aceh, el lugar más septentrional, el más salvaje e inhóspito. Allí murieron trescientas mil personas a consecuencia de la ola gigante que se formó en alta mar. Una tierra de costas tempestuosas y tectónicas. Una región islamista donde rige la Sharia, aunque las grandes diferencias étnico religiosas de sus habitantes no son obstáculo para unirse bajo el manto del miedo y el respeto a la isla.

            En Sumatra se encuentra la patria de los mingkabau, un pueblo matriarcal, inteligente, culto y políticamente astuto, también son muy belicosos y amantes de los búfalos. Son famosos los humos de Sumatra, los de las hogueras y los cigarrillos, si... así como suena, la verdad es que las hogueras son muy comunes en todo el país (para quemar rastrojos, restos vegetales), y también la arraigada costumbre de fumar, siempre están con un cigarrillo entre las manos. En muchos lugares de la isla, durante la época de lluvias, los senderos son impracticables quedando aisladas muchas aldeas. En algunas zonas todavía existe malaria resistente a la cloroquina. En sus selvas habitan seres mitológicos, no humanos y de difícil avistamiento. Pero si se pueden ver osos, elefantes, tigres, monos, rinocerontes, búfalos... y muchos más animales. En otras islas del país también se puede admirar esta clase de fauna. En media hora aterrizaré en mi amada Estambul. Allí deberé hacer una escala de un par de horas, aún me queda algo de tiempo para hacer algunos apuntes más sobre este grandioso país: El tráfico y el consumo de drogas están muy, muy castigados.

            El contacto físico entre personas del mismo sexo es muy común. Las compañías aéreas indonesias son las menos seguras del mundo, aunque parece que están mejorando algo en los últimos años, esto me preocupa un poco, ya que voy a tomar muchos aviones para trasladarme de isla a isla, los barcos son aún más inciertos. Y algo a tener en cuenta... ponerse enfermo por estos lares suele ser bastante habitual. Hay algo más... en las islas Molucas apenas existe infraestructura hotelera. Solo hay habitaciones baratas, con manchas de humedad, sin ventanas, con cucarachas y mosquitos. Aquí se puede ver los barcos fetiche de estilo vudú, la magia sabía de la naturaleza practicada entre primitivas playas por amables habitantes. Es extraño, pero el plato principal no es el arroz, es la mandioca hervida.         

            A media hora de avión antes de aterrizar en Singapur, mi última escala antes de llegar a Yakarta, la aeronave atraviesa una turbulencia en medio de una gran tormenta, varias veces he pasado por esto, pero lo que acaba de suceder ha sido un grave incidente, aún me tiemblan las piernas y mi corazón palpita algo acelerado, el avión ha caído a peso varios centenares de metros, los pasajeros que no llevaban el cinturón de seguridad colocado han salido disparados hacia arriba, pegando con sus cabezas en el techo del avión, para luego caer de mala manera. Los compartimentos del equipaje se han abierto cayendo algunos sobre los pasillos. Aunque se han escuchado algunos gritos y la gente se ha asustado bastante, la situación se ha controlado bien. Todo el mundo se ha sujetado al asiento incluso la tripulación, el silencio  reina durante un buen rato. Los pasillos han quedados sembrados de bandejas de comida, y las botellas de agua ruedan sin control. Nadie ha tocado nada hasta que hemos sabido que  podíamos volver a la normalidad. Pero seguro que esta maldita burbuja de aire que nos ha hecho caer será tema de conversación por unos días.

He perdido la cuenta, ¿son catorce o quince horas volando? No he dormido y el cansancio se va apoderando de mí.

Está lloviendo sobre Singapur. El cielo se tiñe de negruras. Pronto vamos a despegar y en una hora estaré en Indonesia. Creo.

Mi agotamiento y el poco atractivo que me produce la deshumanizada ciudad de Yakarta, hace que me retire a descansar a un hotel cercano al aeropuerto. Mañana temprano deberé volar hacia la isla de Borneo con varios vuelos encadenados.

Nunca antes me había sucedido, al reservar en el hotel me hacen dejar un deposito de 1.000.000 de rupias, unos 80 € para asegurarse de que voy a dejar la habitación en perfectas condiciones.

 

 

 

 

 

 

BORNEO

 

 

No duermo bien, a las seis de la mañana me levanto. Desde las cuatro, están dando desayunos. Ya se sabe, anochece temprano, la gente madruga… Sobre las siete de la mañana me traslado al aeropuerto para volar a Banjarmasin en Borneo, concretamente a la localidad de Pangkalanbun. Y luego en un vehículo a Kumai, donde se encuentra un pequeño puerto fluvial a orillas del selvático río Sekonyer, esta vía fluvial será mi camino por el que recorreré el parque nacional de Tanjung Puting. Me embarco en un pequeño barco fluvial de dos plantas y doce metros de eslora, se le conoce por el nombre de klotok. La travesía por el río es única, atravieso la selva húmeda, un verdadero hartazgo de exuberante vegetación. La primera parada la realizo en Tanjung Harapan un centro de rehabilitación de orangutanes, el mono por excelencia y originario de Borneo. La mejor hora para visitarlos es a la hora de la comida, sobre las tres de la tarde, allí mismo, en mitad de la selva en su hábitat.

Al principio aparecen solo dos, pero media hora más tarde acude toda una familia numerosa, madres con sus bebés, hasta el rey del grupo, un enorme animal con una envergadura de varios metros. Con sus largos miembros pelan los plátanos y trocitos de caña de bambú que devoran sin pausa, saltan de árbol en árbol a través de lianas derrochando una envidiable agilidad. Hace años vivían siempre en los árboles para evitar morir entre las garras de los tigres. Hoy estos animales están extinguidos en Borneo.

Vuelvo al barco para continuar el viaje río arriba, consigo ver en sus orillas monos narigudos, macacos y otros pequeños animales, pero no veo tan apenas aves, ignoro el porqué, es extraño. Después de varios kilómetros; el barco atraca en un pequeño embarcadero, aquí pasaremos la noche, en la cubierta, sobre una colchoneta y en el interior de una mosquitera, al amparo de un ancestral bosque en el que viven casi todos los orangutanes del mundo; y casi todos los mosquitos, entre otros insectos voladores del universo. Esta plaga que acude a la luz de mi linterna y no me deja otra alternativa que retirarme a mi saco bajo mi mosquitera.

Los ruidos de la selva, inidentificables por mi ignorancia, se multiplican, se amplían y aumentan de volumen por la noche. En el barco apenas si se aprecia un pequeño movimiento pero que ayuda a  conciliar el sueño, como si una entregada mano meciera la cuna.

Borneo son muchas más cosas, casi la mitad de la isla está ocupada por otro país: Malasia; también es la más grande del archipiélago; su nombre real es Kalimantan, la misteriosa Kalimantan formada por pueblos cuya forma de vida no ha cambiado en siglos. Hogar de los dayaks, los tatuajes y los piercings forman parte importante en su cultura. Pueblos que conviven con las panteras nebulosas y los osos malayos.

El parque nacional de Tanjund Puting, es una zona con mucha deforestación, se realizan continuas campañas de concienciación entre la población, no sé hasta que punto esto es efectivo. Existen hasta doscientas variedades de orquídeas salvajes. Los orangutanes rojizos son los más característicos, pero también como he escrito antes: hay osos, panteras, monos narigudos… muy abundantes en las orillas del río donde me encuentro, me parecen algo agresivos. La tala indiscriminada está rompiendo su hábitat natural.

En la zona no existen caminos ni carreteras, todas las aldeas y poblados lacustres se comunican a través del río, convertido en una autovía y con poco tráfico fluvial.

Dos curiosidades sobre la región: Es práctica común el batimu; un baño de vapor y masaje. En las ceremonias funerarias de los dayak extraen periódicamente los huesos de los muertos de sus tumbas para lavarlos y purificarlos.

Mientras escribo mi diario, mi relato... apenas si son las seis y media de la mañana, pasan a mi lado piraguas cargadas de coloridos alimentos navegando por aguas marrones muy poco apetecibles, el color de las mismas me ha impedido darme un baño al poco de  despertarme, pero... ¿qué clase de fauna existe bajo esas aguas? Las pequeñas canoas con motor llevan suministros a las casas comunales situadas en medio de antiquísimos bosques. Siempre amenazados por los incendios y la tala ilegal. Desde luego la calidad de vida de estos pobladores (también con carencias), no tiene punto de comparación con los sufridos habitantes de la inhumana ciudad de Yakarta, apelotonados unos encima de otros y aplastados por el calor y la humedad o atrapados en un embotellamiento de tráfico..., de calles llenas de graffiti, desmoronadas y llenas de basura, a punto de incendiarse por el incesante calor... De edificios de hormigón medio derruidos.

Esta mañana al despertar, mi primera visión, el primer plano ha sido la selva reconfortante, algo tan poco común para mis ojos.

Desde el lugar donde me encuentro atracado se origina un puente de madera elevado un par de metros sobre el suelo selvático. Este camino de madera húmeda y podrida me va a llevar a otra agradable sorpresa: Temprano salgo hacia el segundo encuentro con los orangutanes, primero visito uno de los centros de rehabilitación para estos animales. Poco antes de llegar, el indonesio que les lleva la comida lanza gritos al aire, enseguida son identificados por los monos, así se van acercando poco a poco al punto de encuentro. Nunca había visto algo parecido, se deslizan por los árboles de forma asombrosa, recogen una piña de plátanos y se suben a un árbol, al más alto, para dar buena cuenta de ellos, pero este ejercicio solo lo realizan los más ágiles, los que ya son viejos, o las madres cargadas con su bebe orangután se quedan a un par de metros sobre el suelo... como mucho. Así pasan casi dos horas, luego debo regresar por el camino trazado en la húmeda selva hasta el barco para comer y seguir río arriba en busca del tercer y último encuentro con estos simpáticos y amenazados animales.

La comida me resulta sorpresiva y bastante apetecible, abunda el arroz con pollo, pero también diversos tipos de pescado y verduritas cocinadas, piña y sandia.

Dos horas más navegando por este ecosistema del sur de Borneo. A este ritmo, navegando hacia el interior de la isla vamos a penetrar  en la misteriosa y desconocida Malas. Llego al tercer encuentro con los orangutanes. En él puedo ver más variedad de animales, otros monos, como macacos, gibones, jabalís, ardillas... me dicen que también hay cocodrilos y aves endémicas, aunque no consigo verlos, de momento. Se repite el mismo ritual, el mismo protocolo, los monos llegan como siempre a su cita alimentaría, aunque aquí puedo comprobar que son más confiados y se acercan más  a las personas, alguno de ellos se coloca a pocos centímetros de nosotros. Lleva lloviendo todo el día, a intervalos, los senderos del bosque están encharcados, embarrados..., la humedad en el ambiente es del cien por cien. La flora es variada, desbordante, puedo incluso ver plantas carnívoras, existen cientos de especies distintas. Existe una flor fétida, lo nunca visto.

Regreso al barco para descansar un poco y volver a surcar el río hacia kumai de donde partí hace más de dos días.

Pero antes pasaré la noche a bordo. En cuanto anochezca, sobre las seis y media, atracaremos para dormir, seguro que cerca de nosotros habitará alguna colonia de probistídeos. Confío en que la noche no sea muy  cálida  e insomne.

Indonesia te ofrece una particularidad, puedes alquilar una isla y quedarte a vivir en ella para emborracharte de atardeceres surrealistas... bañados por el sol y azotado por los vientos. Un lugar remoto lleno de encanto. Incluso con una particular y densa selva tropical.

Volviendo a mi realidad debo decir que es verdaderamente alucinante escuchar los ruidos de la selva que llegan hasta el barco. Mientras escribo mi relato... atardece y es en este preciso momento cuando se produce la mayor actividad de los animales; en las orillas del selvático río. Puedo avistar a muchos de ellos. Es un verdadero regalo.

Vamos surcando el río en medio de una oscuridad total, un pequeño foco en la proa del barco nos permite localizar las innumerables revueltas de este curso de agua, no resultaría agradable embarrancar entre los cañaverales y las palmeras. Navegamos así durante un tiempo... hasta que llega el momento de no seguir corriendo riesgos innecesarios y amarramos el barco en la orilla, atándolo con cuerdas a varias ramas.

Aquí dormiremos... en medio del reino de la oscuridad y la humedad, que sigue empapando nuestras ropas... nuestros huesos. Tan solo puedo ver las luciérnagas con sus fugaces y brillantes puntos de luz.

Deseo que amanezca para que el sol mañanero, si es que sale, caliente mi cuerpo y espante la humedad. Pero la noche resulta larga, me despierto a causa del frío húmedo, aprovecho para vaciar mi vejiga.

Antes de las seis de la mañana comienza la actividad, hay que volver a poner en funcionamiento el barco y... a nuestros castigados cuerpos. A las nueve de la mañana como mucho debemos atracar en el puerto fluvial para trasladarme inmediatamente al aeropuerto. Debo tomar otro vuelo hacia la isla de Java, a otro lugar distante de mi primera visita a la isla. Sabia que en el río existen cocodrilos, pero no había conseguido ver ninguno, hasta que alguien avisó con un grito de la presencia de uno de ellos en la orilla, es muy joven, pero es un cocodrilo, otra sorpresa más que me ha proporcionado este amable río llamado Sekonyer. Ya estoy llegando a la parte más ancha del mismo,  estoy cerca del puerto, de orilla a orilla existen varios cientos de metros. El sol está ya muy alto y ya calienta mi piel.

 

 

JAVA

 

 

La isla de Java es la más cultural, la más desarrollada y la que más actividad política mantiene, también es la que más graves incidentes violentos soporta por los problemas de tráfico.

No debemos olvidar los exuberantes paisajes volcánicos; el volcán Krakatoa se autodestruyó en una devastadora explosión que convirtió el día en noche. Otro volcán: el Merapi es venerado y temido, en él se puede apreciar verdaderos ríos de lava, también es posible ascender a su cima.

Existe una nutrida población china. Hay un punto negativo, los impertinentes y avasalladores vendedores buscando comisiones en las ventas. Hay un lugar: Adu Domba, muy popular por sus ruidosas luchas de carneros, y otro... la isla llamada Madura, famosa por sus proezas sexuales, sin embargo es una devota sociedad islámica. Unas veces se muestran agresivos y otras hospitalarios, vamos... contradictorios por completo. Debo hablar de la parte oriental de Java, esta es una región agreste y sinuosa con vertiginosos picos y volcanes humeantes. En  Surabaya se encuentra el histórico barrio árabe, escondido bajo una maraña de cables, cerca se encuentra otro barrio de desmoronados edificios holandeses, estas tierras indonesias fueron una antigua colonia. Abundan las casas chinas con carácter y encanto y también tiendas con perfumes, dátiles y camellos de plástico.

Aquí es popular una sopa de pollo de intenso sabor y color amarillo. Debo probarla.

Ya estoy volando a Semarang; he sido afortunado, me han informado que estos vuelos son anulados con frecuencia debido a las averías de los aviones, si esto sucede el trastorno es mayúsculo, la alternativa es tomar un ferry masificado de personas y  bultos, luego se aborda un autobús, por lo que las dos horas del avión se convierten el veinticuatro, un verdadero sacrificio que no estoy dispuesto a sufrir.

A la llegada a mi destino un vehículo me trasladará hasta Yogyakarta donde pernoctaré.

         El trayecto dura unas tres horas. Me ha alcanzado un resfriado que he estado incubando entre la humedad y el río, este contratiempo me va a ralentizar durante tres o cuatro días. A mitad de camino paramos a comer, el chofer ha señalado un restaurante, de los dedicados al turismo con cierto poder adquisitivo, los precios son tres veces más altos, y sirven la misma comida que  utilizan  los restaurantes sencillos. Intentan agradar y sorprender a los clientes con una música de fondo algo rancia y pastelera.  Pero... sucede algo inesperado... el pescado rebozado que había pedido, cuando es transportado por un joven camarero en una bandeja con la mano en alto... se desliza del plato tras un inoportuno traspié y éste sale disparado hacia un estanque ajardinado situado en la parte inferior del restaurante; el camarero me mira, yo... lo miro, quizás esperaba que me riera de la situación que se había creado, pero no es así, vuelvo la vista y disimulo, casi me siento peor que el inexperto trabajador, que vuelve sobre sus pasos para encargar otro pescado en la cocina.

Ya en el hotel, me regalo una ducha, en el barco no lo hice ningún día, tras un pequeño descanso realizo un reconocimiento del hotel que me ha tocado en suerte, y que por cierto no está nada mal, incluso existe  una piscina.

Durante el viaje he podido comprobar como conducen los indonesios. Son miles y miles de motos las que circulan por sus atestadas carreteras. Atravieso poblaciones pequeñas, alguna es de mayores proporciones. Abundan las tiendas y los puestos de frutas. Las plantaciones de tabaco, café, arroz, palmeras, me rodean, y... las montañas... y algún que otro volcán. Los próximos días prometen.

Uno de los lugares que voy a conocer hoy contiene dos millones de bloques, es el lugar más turístico de Indonesia, una colosal estupa budista: Borobudur, un templo mundialmente famoso con más de quinientas figuras diferentes de Buda, e infinidad de grabados de fina talla. El lugar está lleno de turismo local, jóvenes en su mayoría.

Es diferente, singular, muy original. Después de atravesar la caótica ciudad de Yogyakarta intentando que no nos aplasten las miles de motos que nos rodean y ya una vez alimentado en una réplica del palacio del sultán, llego a Prambaram, el mayor santuario hinduista de Indonesia con sus templos dedicados a Brama, Wisno y Shiva: la Trinidad hindú. Al conocer este conjunto histórico me vinieron recuerdos de Angkor Wat en Camboya, aunque el clima me resulta más favorable ahora, allí sufrí la calor como en ningún sitio.

Debo volver a mi hotel, me siento obligado a hacer varias gestiones para que mi viaje continúe con éxito. En el camino me encuentro con varios grupos de travestís en los arcenes de la calle tocando pequeños instrumentos y pidiendo dinero a los automovilistas. Esta condición sexual es bien aceptada en el país a pesar de albergar una importante comunidad musulmana, sociedades islámicas y conservadoras.

Tenía previsto acercarme hasta el volcán Terapi, muy cerca de Yogyakarta, pero todos los picos están brumosos, nebulosos y esto impide ver por completo las montañas, aunque no debo perder la esperanza, aún puedo conocer esos valles repletos de cocoteros, esas colinas selváticas, esos paisajes salpicados  de arrozales entre valles de color esmeralda. Llevo ya varios días transitando por unas calles ahogadas en el tráfico, bochornosas, polvorientas y abarrotadas.

Los mejores lugares para cambiar el dinero son Yakarta y Bali, aunque hay que tener mucho cuidado, los tipos de cambio que se anuncian no son ciertos, existen comisiones no anunciadas. Al cambiar fuera de los bancos es muy común el engaño, primero hay que contar y luego dar el dinero, existe cierta picaresca.

Algo muy característico y que identifica a Indonesia, aparte de los orangutanes, son los dragones de Komodo, unas criaturas asombrosas y únicas; actualmente es el lagarto más grande del mundo y se encuentra muy protegido.

Lo desconocía, es asombroso la gran cantidad de esculturas de todo tamaño construidas en madera, sobre todo con las raíces aéreas tan abundantes en Indonesia. El tráfico de maderas nobles es más intenso de lo que pensaba, la más apreciada tiene por nombre teka,  y claro... cada vez es más escasa.

En todo el país se conduce por la izquierda, cuando pregunto a que se debe  no se ponen de acuerdo, unos afirman que obedece a que antiguamente el tráfico de caballerías se realizaba de esta forma, y otros afirman que es una consecuencia de la presencia inglesa en su efímero pasado colonial; más bien me inclino por lo primero.

Al igual que sucede en otros países, los chinos no son bien aceptados, incluso existe alguna localidad a la que no se les permite la entrada, esta oposición se debe principalmente a su forma de comerciar, son verdaderos especialistas en hundir los precios del mercado.

Son muy populares entre la población los cigarrillos fabricados con clavo, y es bueno llevarlos siempre a mano, junto a bolsitas de azúcar, chocolate, dulces, para ofrecer y obsequiar a las personas que tengan alguna atención contigo.

Una vez ya organizado y preparado para irme a dormir, consigo conectar a través del monitor de TV que existe en mi habitación con una cadena televisiva española, allí se está anunciando un recorte social, un verdadero ataque al Estado del Bienestar de todos los españoles, estas decisiones van a cambiar la vida de millones de ciudadanos.

Voy a pasar gran parte del día, después de un copioso desayuno, en el centro de la ciudad de Yogyakarta, la ciudad contiene al menos tres o cuatro lugares que no hay que dejar pasar. El primero es el mercado, éste se dedica a la venta de todo tipo de artículos y es un punto caliente para conocer las costumbres, la forma de comprar, la clase de consumo y los precios que pagan los indonesios.

El siguiente lugar a visitar se trata de una mezquita subterránea de mucha antigüedad utilizada por los sultanes; en sus aledaños hay un antiguo barrio compuesto por estrechos callejones y pequeñas casitas. Una de las características principales en la regalada vida del sultán, en su activa vida sexual, era su harén y sus cientos de concubinas. El complejo del que hablo contiene estancias, piscinas, dormitorios... para llevar a cabo con éxito su desenfrenada vida sexual.

Acudo después al palacio del Sultán, en honor a la verdad hay que decir que es bastante austero, el “lujo asiático” aquí no se cumple, en estas dependencias me topo con un concierto de música tradicional, todos los instrumentos son de percusión y los músicos (la mayoría son mujeres), van vestidos a la manera tradicional.

Y el último lugar que arribamos es el mercado de animales, existen muchas especies, muchos son dedicados a mascotas,  también hay animales exóticos, bajo mi parecer no deberían estar aquí, comerciándose con ellos.

Entre los objetos expuestos que más abundan se encuentran los dedicados a la admirada artesanía asiática como las marionetas y que son utilizadas en las “sombras chinescas”, decoradas y pintadas con el estilo batik (dibujos pintados a mano), estas pinturas se emplean en muchos soportes, en las telas por ejemplo.

Para terminar mi jornada no puede haber nada mejor que un masaje, al estilo indonesio, me llevan a un centro donde los practican, aquí me ponen cada hueso en su lugar, me relajan, y espantan mi cansancio enviándolo a los infiernos. Y enseguida retorno al hotel para preparar mi mochila y descansar, debo levantarme a las cuatro de la mañana para dirigirme al aeropuerto.

Mi viaje continúa. Cada día estoy más introducido en él.

Olvide escribir algo que me sucedió esta mañana, mientras visitaba la mezquita subterránea, un numeroso grupo de musulmanes ya jubilados comenzaron a sonreírme, deseaban saludarme, el más decidido se acercó y me tendió su mano, detrás de él pasaron al menos quince más, en un espontáneo pasamanos de lo más sentido. Todos quedamos satisfechos y felices.

 

 

 

 

SULAWESI-TIERRA TORAJA

 

 

Tras varios trámites siempre engorrosos y algo complicados en el aeropuerto de Yogyakarta continúo con mi periplo. Escasea la información y esta no coincide con la facilitada en mis documentos de viaje. Embarco en un antiguo avión para trasladarme a otra isla, quizá la más atractiva y multicultural y también algo conflictiva para el gobierno central: Sulawesi. Aterrizo en Makasar y enseguida me subo a un pequeño colectivo para iniciar un viaje largo y cansado hacia la tierra de los toraja, una etnia con mucha personalidad que guarda sus tradiciones de una manera fiel. A lo largo del trayecto van apareciendo los pueblos bugi: la etnia del sur de la isla con sus casas de madera levantadas sobre pilares, sus plantaciones de arroz, maíz y cacao. La agricultura la compaginan con pequeñas piscifactorías, en este mundo no falta el agua. Sus casas, en su mayoría se encuentran algo envejecidas, los techos son de chapa, en muchos casos oxidada. Los bugi son famosos marineros, hace quinientos años ya comerciaban con los aborígenes australianos.

Cruzo por numerosas localidades de diferentes dimensiones, todas unidas entre si por casitas, comercios, talleres... todos pegados en las cunetas de la abarrotada y estrecha carretera, parece que se han dado cuenta de su grave deterioro y algunas zonas están sometidas a obras de mantenimiento. Muchas de estas tiendas venden pequeñas tumbas de obra para los musulmanes, también veo féretros de madera.

No es que me sorprenda algo así, yo lo he visto en medio mundo... las ostentosas mezquitas construidas sobre las zonas altas destacan opulentas, desafiantes... sobre las miserables chabolas sin ninguna condición de habitabilidad. Hoy es viernes y los ciudadanos se encuentran en estos centros religiosos orando, portando sus mejores vestimentas.

Sin ninguna duda, esta zona es mayoritariamente musulmana. Existen otros edificios islámicos como colegios o centros culturales. La mayoría de las mujeres que veo a través de mi ventanilla llevan su cabeza cubierta con un pañuelo. Al pasar cerca de la costa hacemos una parada y puedo ver el interior de alguna de las casas construidas sobre palacitos, sus habitantes me saludan de forma afectuosa; el pescado lo colocan sobre unas enormes rejillas para secarlo, entre medio corretean las gallinas, los gatos y los niños.

Una vez pasado el puerto de montaña Enrekang realizamos una parada en un mirador para admirar las colosales montañas que nos rodean y donde nacen caudalosos y desbocados ríos; mientras… bebo un té caliente. En estas latitudes hace más frío y llueve casi a diario. De cuando en cuando hay que realizar alguna parada, el viaje dura nueve horas hasta Rantepao; el pueblo más importante de Tana Toraja.

El mapa de esta isla es verdaderamente loco, pero aún lo es más en la realidad.

Al anochecer llego a Rantepao. Me duelen los huesos y el trasero después de tantas horas de viaje, persiguiendo a los lentos camiones, sufriendo las curvas peligrosas. La posibilidad de sufrir un accidente de tráfico es muy alta, los conductores practican el sálvese quien pueda.

Nada más poner mi relato al día me introduciré en mi cama, por cierto... es más ancha que larga. ¡Qué extraño!, debe guardar alguna similitud con las camas balinesas.

Sulawesi contiene increíbles costas, montañas impenetrables, selvas llenas de animales como los tarulos y los maleos. Es famosa por sus arrozales, plantaciones de café, algodón y caña, sus ceremonias religiosas, sus bulliciosas poblaciones y cómo no... sus mariposas gigantes. También debo decir que existen tendencias independentistas. Las iglesias cristianas sobrepasan a las mezquitas, esta religión también ha conseguido eliminar muchas tradiciones del pueblo toraja.

El balok es un vino de palma, en las fiestas corre como ríos, lo he podido ver expuesto en algunas estanterías de las tiendas callejeras. Uno de los platos más típicos es el pa,piong, se compone de carne embutida introducida en cañas de bambú aliñada con verduras y coco.

La población de Rantepao es muy comercial y se utiliza como base y para preparar el viaje hacia el interior de los toraja.

El hotel donde me encuentro me resulta extraño, es muy básico, mal conservado y antiguo, se compone de tres plantas rodeadas de vegetación selvática, mantiene una piscina bastante atractiva que casi no puedo utilizar, apenas estoy en el hotel, su arquitectura es holandesa y fue construido en la época colonial.

Mi habitación está llena de mosquitos, a lo lejos escucho ladrar a algunos perros callejeros, mala historia. Debería lavar mis desastrosos pantalones vaqueros, están ya en muy mal estado. Creo que el paisaje tiene mejor aspecto que yo, toda una belleza onírica refrescada por la bruma. Muy cerca de mí se encuentran fieros torrentes  cruzados por puentes tambaleantes. Reina una extraña calma. El tiempo parece haberse detenido.

Indonesia... playas cegadoras de arena blanca y mujeres retorcidas por el peso de la leña. Mercados de animales salvajes. Viejos y chirriantes barcos de pasajeros. Lujosos coches con aire acondicionado adelantando  a encorvados cultivadores de arroz.

A las cinco de la mañana comienza el concierto de gallos y pájaros… a las seis me levanto, salgo a conocer el entorno más cercano. Es verdaderamente sorprendente. La flora es tan distinta, tan diversa. La vegetación rodea las habitaciones del hotel situado a las afueras de Rantepao. Las casas barco de los toraja se encuentran por todas partes. Salgo a la carretera..., esta es un verdadero eje vertebrador que ya comienza a saturarse de tráfico. Cuando me dirijo a desayunar comienza a llover, este fenómeno no debe suponerme una sorpresa, aquí se vive junto al agua. Las montañas que me rodean están cubiertas por la bruma. Todo es humedad.

Tengo mucha suerte, aunque en este mes son frecuentes los funerales, no todos los días se producen, y voy a asistir a uno. Además se trata de una familia bien situada económicamente por lo que en la ceremonia no escaseará absolutamente de nada, no se reparara en gastos. La vida de los toraja gira en torno a la muerte, ahorran durante toda la vida para relacionarse con la ella de forma digna. Comen y beben sin cesar mientras entierran a los muertos en tumbas colgadas de abruptos precipicios, en cuevas excavadas en la roca después de picar la dura piedra durante meses... Los funerales duran varios días y asisten cientos de invitados. Claro que yo solo voy a poder estar unas horas, pero serán suficientes para empaparme bien de este ritual único en el mundo.

En el se sacrifican muchos animales, sobre todo búfalos, los invitados visten completamente de negro y suelen llevar regalos como azúcar y cigarrillos, me aconsejan que lleve un cartón de cigarrillos y eso hago.

Los toraja se llevan sus posesiones a la otra vida, su existencia astral, debido a esto son enterrados con ellas en los tau-tau, en las tumbas excavadas. Algunas veces son objeto de saqueos. Esta etnia invitan a los viajeros a participar en sus ritos; es un pueblo muy hospitalario. En su cultura, los búfalos son un símbolo de riqueza, los albinos son los más admirados y pueden costar hasta 20.000 dólares. Por cierto, en la ceremonia que participo hay uno de estos animales, casi blanco, todo el mundo quiere hacerse fotografías con él.

Pero quiero relatar mi experiencia. Nada más penetrar en el gran patio que forman varias casas tongkonan (las casas toraja tradicionales), un fuerte olor a sangre caliente recién derramada penetra en mis pulmones, me entran ganas de volver sobre mis pasos, pero continuo y me coloco en un punto desde donde puedo observar sin perderme ningún detalle. Las casas están engalanadas con gran esmero y mucho colorido, incluso hay dos de ellas recién terminadas para el funeral. Los familiares vestidos de negro están repartidos entre los demás edificios en una especie de tribunas.

A través de la megafonía alguien dirige la ceremonia, indicando cada paso a seguir. Van entrando al recinto decenas de búfalos y algún que otro animal como caballos o cerdos, todos van dirigidos por jóvenes que sujetan a los animales con una cuerda sujeta a sus hocicos. En un momento dado comienzan a sacar varios búfalos, son los descartados, los indultados... no conozco que criterios se siguen. En el recinto quedan unos nueve búfalos, un caballo... Noto cierto nerviosismo y agitación entre algunos de los jóvenes que sujetan a los enormes búfalos, uno de ellos saca un enorme machete de forma decidida le produce un corte certero en el cuello a uno de los búfalos que comienza a gemir y a dar coces mientras cae con gran estruendo brotando la sangre que aún bombea su corazón, salpicando a todos. Me he movido un poco, estoy muy cerca, deseo fotografiar todo que se ponga delante de mi vista, pienso que nunca más podré ver algo así. Me salpica el barro mezclado con sangre que el agónico animal expulsa desesperadamente retorciéndose por el suelo teñido de un rojo intenso.

A unos pocos metros de mí, cae otro animal, y otro..., prosigue la matanza, se repite el ritual. Los espectadores ríen y dan gritos como embriagados por la sangre, la violencia, el terror de los sacrificados animales. Aquello parece un lugar fuera de este mundo, algo surrealista, un festival de sangre, violencia y muerte. Ya veo a más de nueve animales en sus últimos estertores, pateando, vaciándose por dentro, hay momentos que no sé dónde meterme, pero resisto; nunca había visto algo así, confieso que siempre he sido débil ante este tipo de matanzas, pero es como si hubiera algo ajeno a mí que no controlo, que me hace seguir en ese lugar participando de semejante orgía.

Una vez muertos todos animales comienzan a despellejarlos, a trocearlos, las vísceras, el corazón, la vejiga, con todo ello se forman unos paquetes que se llevaran los invitados para comérselo en sus casas. También reparten raciones de carne en las aldeas cercanas.

Debo irme, me toca conocer los lugares más carismáticos de la región Tana Toraja, me dirijo al pueblo de Kete kesu, donde conoceré más de cerca la curiosa forma de las casas toraja y la distribución norte-sur de los pueblos de esta región, las tumbas de Londa excavadas en una roca y sus tau-tau: figuras de madera que los toraja utilizan para recordar a sus difuntos.

Así se sucede todo el día, a veces caminando entre arrozales, otras en vehículo. Recorro varias aldeas situadas entre las montañas por rudimentarias pistas erosionadas y llenas de raíces, entre numerosos gallos (más tarde hablaré de ellos), perros, gallinas y niños correteando, saludándome con una sonrisa irrepetible, de mujeres cortando y sacando los granos de arroz, (ahora se está recolectando una de las dos cosechas que se dan al año). Los hombres machacan el arroz o limpian sus búfalos, es curioso ver como estos animales se rebozan en el barro o se bañan en los ríos, sus dueños están convencidos que al estar tanto tiempo en remojo crecen más rápido y así pueden venderlos antes en el mercado. Y no hay que perderse a los niños chapoteando en los estanques.

Es algo único, y tan extraño para mi cultura occidental ver esas tumbas colgantes, ataúdes en descomposición, huesos amontonados, menires por doquier, murciélagos negros colgando de los árboles. Los familiares de los difuntos y de forma periódica les llevan ofrendas, como agua u otras bebidas, ropa, escritos, todo se amontona cerca de las tumbas, algunas de ellas son verdaderos panteones familiares con fotografías de los finados.

La cultura de la muerte en su máximo exponente. Difícilmente alcanzable. La mayoría de los toraja son cristianos y aunque esta religión ha acabado con muchas tradiciones de este pueblo, conservan su ancestral animismo, eso sí... algo disminuido, recortado, palabra de moda.

Me comentan que en Indonesia es obligatorio pertenecer a alguna de las cinco religiones oficiales que existen y así debe figurar en tu documento de identidad, no son aceptadas otras condiciones como el ateismo, esto es algo inaceptable.

En las tradicionales casas toraja, en sus puntas que se elevan hacia el cielo, donde se almacena el arroz cosechado, se encuentran efusivamente decoradas con dibujos muy coloristas; casi siempre existen dos gallos dibujados, uno frente al otro, este símbolo significa la justicia, cuando existía una disputa entre dos personas cada uno de ellos llevaba su gallo preferido para enfrentarlo al otro contrincante, el gallo que vencía daba la razón a su dueño.  Hoy en día las peleas de gallos están prohibidas, aunque se organizan de forma clandestina, en las cuales se llevan a cabo apuestas.

Casi todos los días como pescado, aunque donde me encuentro ahora, en el interior la isla, este es de río y de peor calidad. Así que apuesto por el arroz con pollo, hoy estuve a punto de pedir carne de búfalo pero lo pensé mejor y rectifique. En Sulawesi tienen dos graves problemas, la basura y la pesca con dinamita, aunque las autoridades están trabajando para atajarlos. Si lo consiguen será una autentica proeza, un acontecimiento mágico.

He pasado una noche fuera de lo común, he dormido placidamente, los mosquitos no han venido y los gallos han cantando algo menos.

Me encuentro sentado en un gran sillón de mimbre en la terraza de mi habitación, enfrente de mí... todo un paisaje verde, el ambiente está fresco y la bruma baja, en cualquier momento puede comenzar a llover, y eso que estamos en temporada seca.

Antes de seguir quiero escribir sobre algo en lo que estuve reflexionando esta noche, en verdad me planteé la siguiente pregunta: ¿Y si emplearan todo el dinero dedicado a los muertos para los vivos?, evidentemente me estoy refiriendo a los toraja; por ejemplo: en paliar las carencias de los innumerables niños que corretean descalzos entre las gallinas y las cabras; pienso que no sabrían contestar a mi planteamiento, no lo entenderían.

Me voy  a desayunar, sigo vivo y debo alimentarme. El nuevo día me trae más tumbas, aldeas, y figuras tau-tau...

Desaparece la bruma y sale el sol, hasta ahora no lo había sentido  picar así, tan fuerte, aunque todavía puedo soportarlo.

Es domingo y los indonesios cristianos, mayoría por esta zona toraja, visten sus mejores ropas, las mujeres llevan un misal en la mano y se dirigen a las iglesias, se les ve muy sonrientes y alegres.

Las cunetas de las carreteras y las lindes de las casas lucen banderas alargadas de multitud de colores, esto se debe a que en fechas próximas se celebrará el aniversario que conmemora el día de la independencia.

 El primer lugar que visito se denomina Lemo, es muy popular y visitado por sus tau-tau, figuras de madera a tamaño natural en varias posiciones, cada una de ellas representa a un fallecido enterrado en ese mismo lugar, y con los rasgos faciales del finado. Es verdaderamente curioso, se pueden ver encaramados en una especie de balcones o ventanas en mitad de la pared vertical de una montaña, hay que ser un buen escalador para llegar hasta allí; utilizan enormes escaleras de bambú para subirlos y mantener las tumbas.

Existe un enterramiento a tener en cuenta..., se trata de un árbol de gran diámetro, aquí se encuentran los niños, en su tronco hacen grandes orificios donde introducen los restos y le colocan una tapa; de esta forma los niños siguen viviendo con el árbol, se trata principalmente de recién nacidos que todavía no han sido bautizados, se entierran al día siguiente de morir y tan solo se sacrifica un cerdo que se destina para comer ese día. El problema es que el citado árbol está mal herido a causa de los agujeros y claro… se encuentra moribundo.

Muchos mausoleos se construyen de obra y con materiales nobles, son mucho mejores que las raquíticas casas de madera donde han vivido toda la vida. Sigo mi recorrido, parece que no se acaba nunca, ahora es una enorme cueva, entro en ella, está llena de osarios y ataúdes podridos, también los hay nuevos, recién llegados, el lugar es sobrecogedor.

Los arrozales me rodean, en algunos veo como cosechan el arroz, todo se hace a mano, luego lo secan extendido sobre plásticos en los caminos.

Todavía llevo algunas manchas de sangre de búfalo en mi pantalón procedente de la ceremonia, del funeral de ayer.

Después de recorrer con el vehículo un penoso camino muy deteriorado por el agua llego a otro enterramiento sobre las paredes verticales de un precipicio, abajo hay más tumbas y algunos lujosos panteones. La religión cristiana está intentando socavar estas tradiciones, no las considera compatibles con su ideología.

Voy a visitar el último lugar dedicado a enterramientos, se trata de una profunda cueva, hay que acompañarse de una luz artificial para poder ver los huesos y los ataúdes apilados unos sobre otros; esta cueva fue antaño un río subterráneo, si se desea conocer toda su longitud hay que reptar, pero no me apetece demasiado, así que decido retroceder para salir de ella.

Me encuentro en una región vibrante y variada. Tras recorrer un traqueteante camino llego a un restaurante abierto hacia los arrozales y bosques de bambú, a lo lejos destacan algunas casas toraja con sus decorados en rojo.

Después de hacer algunas gestiones y consultar mi correo en Rantepao no tardo en salir hacia mi hotel. Como ya dije, en él hay una piscina que todavía no he estrenado. El establecimiento está prácticamente vacío, es enorme y me parece totalmente integrado en el paisaje. Un lugar con encanto y en franco deterioro.

En cuanto termine de escribir intentaré cerrar los ojos; mañana me espera una larga caminata.

Mientras invocaba al sueño  pensaba en un par de cosas que me habían comentado días atrás, respecto a la primera ya conocía algunos detalles: Cuando muere un toraja, el entierro no suele hacerse de inmediato, lo guardan embalsamado durante un tiempo y esto se debe a dos motivos, bien porque la familia no dispone de dinero suficiente y debe ahorrar o pedir un préstamo o bien ha muerto en temporada de lluvias y los familiares que regularmente viven lejos no pueden acudir al funeral por estar las pistas impracticables, por lo que deben esperar a los meses de julio o agosto, que también es un periodo vacacional y existe más disponibilidad para viajar. Se da algún caso en el que el fallecido tenga que esperar dos años o más, incluso pueden coincidir varios que hayan muerto durante el tiempo de espera. Claro… reciben algún tratamiento para evitar la descomposición de los cuerpos. Se suelen guardar en la misma casa o en otra construida precisamente para la ocasión. Debo decir que hay familias que se arruinan por completo, pues la ceremonia, como ya he dicho, supone un gran desembolso económico.

Y la otra historia es la siguiente: La casa donde vive toda su vida un toraja se le denomina la “casa con humo” y la “casa” donde va a “vivir” después de muerto es la “casa sin humo”, allí vivirá su espíritu y no existe actividad humana. Todo muy ancestral y primitivo difícil de compaginarlo con la lógica.

Estoy en la terraza escribiendo, mientras escucho a los gallos y a varias mujeres que hablan entre sí mientras trabajan, hace algo de fresco, si me hubiesen hablado de este clima antes de iniciar el viaje, simplemente no lo habría creído.

Voy preparar mis cosas, a las 7.30 horas vienen a buscarme y aún debo desayunar.

Partimos en coche hacia Batutumonga, un lugar hermoso, situado en una espectacular ladera, desde Gunun se pueden ver amaneceres alucinantes.

Por esta zona y hasta el año 2006 se produjeron graves enfrentamientos con miles de muertos entre cristianos y musulmanes.

Estos paisajes tan apenas si han sufrido los estragos del turismo. El pueblo minahasa se alimenta de todo tipo de animales. En su mercado venden cerdos, ratas, murciélagos, perros… Algunos los matan allí mismo de un golpe en la cabeza. También es popular un mosquito llamado gonono, su picadura es brutal, el escozor dura varios días.

Vuelvo a mi caminata, esta se resuelve por el valle del río Maiting hasta el pequeño pueblo de Limbong, donde me alojaré en una casa local con una familia toraja. He de decir que la pista que he recorrido en coche ha sido todo un infierno, el asfalto ha desaparecido, vamos subiendo y nos encontramos a varios camiones cargados hasta arriba de campesinos del valle que bajan hasta Rantepao a trabajar, estudiar o hacer la compra, al tropezarnos con ellos hay que arrimarse hasta la orilla del camino... la caída por el desnivel supone muchos metros hacia el vacío atravesando cafetales y pinos, hasta aterrizar en los arrozales que ahora son aterrazados.

Lo que van captando mis ojos en la marcha es difícilmente comparable a lo que conozco, aunque la niebla me limita parcialmente la visión. Comienza a llover débilmente, parece que durante la noche también ha llovido, en algunas zonas el barro abunda y la senda se vuelve resbaladiza, si caigo... me esperan varios metros de altura hasta el arrozal inferior. Me encuentro con bosques de bambú y pequeñas  aldeas, pero sobre todo niños, decenas y decenas de niños descalzos pidiéndome caramelos.

Hacemos una parada en una minúscula aldea para comer un bocadillo, siento como me invade la humedad por todo mi cuerpo. Los niños deben caminar hasta dos horas para ir a la escuela más cercana y otras dos más para retornar a sus casas. Si en vez de estar nublado, hubiera hecho sol, el calor habría podido conmigo, a estas alturas del día el sol es muy fuerte.

Siento que cuanto más camino más me aparto de la civilización.

Desde la selva donde me encuentro escucho a lo lejos una gran actividad, se trata de una aldea, todos sus habitantes están dedicados a los preparativos de una ceremonia-funeral, transforman medio pueblo, construyendo, adornando, pero... ¡aún faltan más de dos meses para el funeral! Es algo difícil de comprender.

Sin embargo me encuentro con varias aldeas completamente vacías, como mucho sale a recibirme un perro ladrando... amenazante. Todos están en los arrozales trabajando, en algunos de estos campos existen pequeños estanques que hacen de piscifactorías; aparte del arroz, unos cuantos peces siempre ayudarán a la economía familiar.

Después de seis horas caminando llego a Linbong, la aldea donde me alojaré por esta noche. En el patio central juegan al fútbol casi todos los niños de la población.

Se respira paz, tranquilidad. Escribo sin parar, hasta que me llama la señora de la casa para cenar, es una anciana que de forma ocasional aloja a  viajeros que se acercan hasta la población y obtener así algunas rupias.

Nunca he estado en el interior de una casa tradicional toraja, las casas con aspecto de una embarcación. La leyenda dice que los primeros toraja llegaron a esta isla en barco, lo hicieron desde Camboya, por eso... sus casas las construyeron imitando a los barcos que les trajeron hasta aquí.

Ha sido una noche húmeda y fresquita, lloviendo gran parte de la misma. Mi cuarto parece de todo menos un dormitorio, más bien un granero... o el lugar preferente para colocar los difuntos. La cierto es que la casa es bastante primitiva y modesta, no existe ningún objeto decorativo, la sala contigua debe pertenecer al dormitorio de la señora, en él se pueden ver algunas fotos de su matrimonio. ¡Cuánto nos puede enseñar esta forma de vida!

Antes de las 6 de la mañana, mientras estoy acurrucado en mi saco, escucho a los niños que corretean y se llaman a gritos, se preparan para ir a la escuela, tienen casi dos horas para llegar hasta ella. Allí se van a encontrar la misma austeridad, la misma escasez.

Es sorprendente la admiración que profesan por los búfalos albinos, desde donde estoy sentado observo que la mayoría de las casas tienen uno construido de madera, presidiendo las fachadas de las mismas. También los he visto en forma de monumento en las plazas de los pueblos.

Inicio la marcha. Hoy va a hacer calor. Tras una fuerte pendiente me sitúo en una cresta de la colina. El sendero sigue por valles, arrozales y plantaciones de café. Es una auténtica sierra, una caminata rompepiernas.

Atravieso numerosas aldeas, apenas veo en ellas a  algunos ancianos, madres con bebés casi recién nacidos, y muchos animales domésticos. Los demás están trabajando o en la escuela. Los más mayores siempre están realizando alguna actividad, tejiendo esteras con cortezas de la caña de bambú o extendiendo el café o el arroz en el suelo para secarlo. Pobladores dedicados a la agricultura en pequeños minifundios.

He podido comprobar que los adolescentes una vez que han cumplido sus tareas lectivas se dedican a colaborar en el desarrollo diario de las actividades cotidianas; desde fregar platos, tender y lavar la ropa o cuidar a sus hermanos más pequeños, algunos son dependientes en  pequeñas comercios en los que se vende de todo.

En el horizonte puedo ver las colinas puntiagudas llenas de brumas. Un paisaje verde, lleno de agua y generoso con sus vecinos.

Tras un fuerte descenso que me destroza los pies y me encamino hacia Salu, una población mayor. He estado caminando durante cuatro horas, me han cansado más que en la marcha de ayer, a pesar de ser más corta.

Voy en busca de mi vehículo, me espera por algún lugar cerca de aquí, voy tropezándome con decenas y decenas de estudiantes, todos uniformados de regreso a sus casas, me regalan una sonrisa al encontrarme con ellos.

No voy a comer, mi estómago me está dando algunas complicaciones.  Así que me dirijo al hotel, y tras la ducha, una siesta.

Los pocos viajeros que me voy encontrando en el viaje son españoles. Hay algo en esto que no me cuadra.

Para mañana me proponen realizar un rafting por el río Maulu, la verdad que la propuesta resulta atractiva porque se pueden ver animales que no he visto hasta ahora, como iguanas; pero a última hora me dan a conocer que también mañana comenzará una ceremonia-funeral toraja; allí estaré, lo prefiero.

El día promete. Cuando llego a la pequeña aldea donde  ha comenzado la ceremonia funeraria ya hay muchos familiares e invitados, aunque tres horas más tarde los asistentes se triplican. Son en honor a una madre y su hijo; sus dos ataúdes se encuentran en el centro del patio perfectamente engalanados. Nada más llegar me colocan en una tribuna destinada a los extranjeros y me ofrecen un té con dulces y pastas, así estoy durante un tiempo, pero enseguida salgo para curiosear y fotografiar todo lo que acontece a mi alrededor, la actividad va  aumentando por momentos. Comienzan a llegar los búfalos. Hay muchos cerdos sujetos a gruesas cañas de bambú, completamente inmovilizados, tirados sobre el suelo, esperan estresados a que los sacrifiquen, hay que dar de comer a todos, trabajadores incluidos y son muchos. Siguiendo las directrices de quien dirige la ceremonia a través de la megafonía se organiza una procesión. Unos niños que portan unas largas cañas y en las puntas de éstas varias banderas abre la comitiva, siguiendo a los niños van los féretros, los animales, los familiares... Un grupo de niñas muy maquilladas visten una especie de traje tradicional toraja, sin duda estas jovencitas aportan un gran colorido y atracción. Un numeroso grupo de mujeres, todas con la misma indumentaria no paran de servir té y dulces a los recién llegados.

Una mezcla de olores llega hasta mí, de cuando en cuando cae un chaparrón y el olor a tierra mojada se confunde con los que proporcionan las distintas hogueras que hay repartidas por varios rincones.

Comienza el reparto de la carne de cerdo, ésta se mete embutida en cañas de bambú y se distribuye entre los que han estado colaborando en la preparación del acto.

Los dos féretros los suben al piso de una de las casas que se han construido para la ocasión, éstos son visibles por todos los asistentes y desde allí mismo un oficiante ensalza las vidas de los dos fallecidos.

Ya se cumplen cuatro horas desde que llegué, decido  irme a comer. Abandono la aldea para dirigirme a Rantepao. El funeral seguirá durante varios días más, solo la noche lo paraliza. Mañana sacrificaran a los búfalos.

Estas fiestas-funerales mueven la economía de la región. Existe un fuerte movimiento de personas, animales, carpinteros, matarifes; sin olvidarnos de la intendencia. Es un acto muy arraigado, los toraja han llevado a cabo un sincretismo de las dos religiones muy asumido por todas las partes. Costumbres ancestrales que difícilmente podrán acabar con ellas, como si ya ha ocurrido con otras similares.

Después de comer me doy un paseo por Rantepao… el mercado situado en el centro de la ciudad… todo son tímidas miradas y muchas sonrisas. Mañana me marcho a otro mundo, al de los bugis, también deseo estar con ellos. Me esperan varias horas de viaje por una estresante y peligrosa carretera.

Mientras escribo escucho caer la lluvia desde mi habitación a pesar de los estridentes altavoces que vomitan la llamada del muecín desde una mezquita cercana, por cierto, en esta zona, el Islam es una religión minoritaria.

Resulta difícil  entender que un país productor de cacao como Indonesia no tenga chocolate. Toda la producción la exportan.

Salgo temprano para acercarme hasta el mercado, hay productos agrícolas, pero está especialmente dedicado a los animales y entre estos los cerdos y los búfalos, los hay a cientos, incluso albinos. Casi todos los cerdos están atados con cintas a gruesas cañas de bambú, resulta bastante desagradable. El suelo se encuentra muy embarrado, no podría estar de otra forma, ha llovido toda la noche.

También se puede comprar pescado, en la mayoría de los casos está vivo, lo mantienen en pequeñas piscinas portátiles. Continúo mi camino hacia el mundo de los bugi. Etnia marinera por excelencia. El paisaje cambia radicalmente; casi todo el terreno es una llanura, este ha sido desforestado para cultivar pasto para el ganado.

Nos desviamos por una carretera estrecha, bien señalizada, esta discurre por poblados en los que abundan las granjas de aves y enormes mezquitas, vuelvo a estar en tierra musulmana.

Hacemos una parada para contemplar un árbol del que cuelgan murciélagos. Los niños salen por todos los lados. Puedo comprobar como las plantaciones de maíz abundan por aquí. La selva ha dejado de existir para favorecer los cultivos extensivos y pasto para ganado.

Transcurridas  seis horas llego a Sengkang. Parece una ciudad de cierta importancia. Nada más comer me dirijo hacia el río Tempe para subir a una canoa que me llevará al centro del lago del mismo nombre. Allí se encuentra la comunidad de pescadores bugis. Viven en casas flotantes en el interior del lago, solamente salen de ellas para comerciar.

El lago es enorme, además, el nivel de las aguas ha subido a consecuencia de las últimas lluvias, puedo ver a mi regreso como algunas casas, incluso una gran mezquita, han sido invadidas por las aguas. La puesta de sol me sorprende, el cielo se tiñe de rojo y las aves me sobrevuelan, se posan en pequeñas islas vegetales que se reparten por el lago.

Cuando dejo la canoa en un pequeño embarcadero en el centro en la ciudad veo que toda la orilla del río está llena de jóvenes admirando el atardecer, creo que tampoco existen otras alternativas. La naturaleza es muy generosa con este país. El hotel donde voy a pasar la noche se encuentra lleno de jóvenes mochileros. Mi habitación es bastante austera  con una sencilla cama y una sábana sucia. Paso una noche de perros. Toda clase de ruidos se cuelan a través de mi puerta. He pasado horas abriendo y cerrando los ojos. Y el desayuno... escasísimo, una tostada y café aguado, una verdadera lavativa. Al salir me encuentro todo un operativo policíaco-militar en la recepción y en la calle, parece que llega un ¡político!, ¿en este hotel? Increíble pero cierto, es el mejor de la ciudad.

Ahora toca más coche, más carretera, más esquivar gallos y gallinas que salen de repente de cada curva. La vía se compone principalmente de retorcidas herraduras, unos auténticos ochos, pero el paisaje compensa; enormes raíces abrazan grandes rocas en espectaculares barrancos y cañones cortados a cuchilla.

 

 

BALI

 

 

Debo ser puntual... Makasar, me espera. Allí tomaré un avión hasta Denpasar, la capital de Bali, una ciudad con muy pocos atractivos.

La isla de Bali es sinónimo de playas, surf, resorts... y turismo masificado lleno de tópicos, vamos... un lugar turístico por excelencia. Intentaré en la medida de lo posible alejarme de todo ese mundillo al que aborrezco.

Hace años la isla fue víctima de varios atentados terroristas con cientos de muertos y el turismo desapareció, pero ya se ha recuperado. Una isla impregnada por la religión; el animismo tiene mucha fuerza. Hay muchas variedades de templos invadiendo la isla.

Las danzas seducen a quien las ve, son inquietantes y melódicas. En Ubud, uno de los lugares más atractivos de la isla y donde voy a residir principalmente, son serias, a veces bufonas, otras silenciosas... atronadoras, en las representaciones se vitorea, se abuchea.

Bali es muy frecuentada por la opulenta élite asiática.

Existe un lugar especial: Nusa Lembongan, es realmente una pequeña isla con atardeceres increíbles, habitaciones sencillas y cervezas baratas, donde el canto del gallo y la caída de los cocos marcan el tiempo.

Ubud, la ciudad donde me dirijo ahora, mejor dicho, cuando el avión se decida a abandonar el  aeropuerto donde estoy esperando hace ya cinco horas. Si hago caso a los anuncios de la megafonía aeropuertaria, todavía se retrasará algunas horas más, la demora es  mayúscula.

Ubud es el baluarte cultural de Bali: templos, museos, librerías. El santuario del Sagrado Bosque de los Monos donde viven estos animales es un pequeño paraíso, aquí disfrutan de paisajes frescos y neblinosos con exuberantes colinas cubiertas de jungla.

El aeropuerto, en el que ya llevo incontables horas, es de grandes proporciones, lo estoy recorriendo de norte a sur y de este a oeste, mi vuelo pinta mal, muy mal..., pregunto y pregunto y me van dando largas, han repartido un refrigerio a los pasajeros, casi todo son viajeros indonesios o de países limítrofes. Se palpa la paciencia asiática, parece no tener límites. Estos retrasos, en España por ejemplo, originan pequeños tumultos ante los responsables aeropuertarios.

Varios horteras se pavonean por los alrededores rompiendo la tranquila normalidad que reina en la amplia sala de espera. Vociferan para llamar la atención del resto de viajeros.

Escribo y escribo. Pienso en qué voy a dedicar los próximos días en Bali. Lo de subir a algún volcán parece que está algo complicado. Me están entrando ganas de perderme en alguna paradisíaca playa, no creo... en Bali esto debe resultar algo difícil.

Es desesperante ver como van saliendo todos los vuelos, menos el tuyo.

Al fin, cinco horas después anuncian mi avión. A pesar de todo he tenido suerte. Si lo hubieran cancelado habría salido mucho más perjudicado. Una hora después aterrizo en Denpasar, en la isla de Bali. Me queda otra hora y media para llegar a Ubud, allí estaré unos cinco días, los últimos de mi viaje. El hotel es pequeño, de arquitectura balinesa y tiene una pequeña piscina.

Después de resolver un malentendido con mi billete aéreo para regresar a España me propongo callejear sin descanso por la localidad; antes visito el Bosque Sagrado de los Monos que he citado antes, el enclave es exuberante, aquí la naturaleza lo desborda todo; los monos, muy numerosos viven en este pequeño paraíso conviviendo con los turistas. Existe un pequeño cementerio para estos animales.

La presencia de turistas se ha quintuplicado con respecto al resto del país que he estado visitando. El tráfico de vehículos y motos es una verdadera locura, casi todos están dedicados al transporte turístico.

Callejeo durante horas. La ciudad ha  sufrido una mutación. Las casas son de una o dos plantas, casi todos los locales están dedicados al comercio, bares, restaurantes... casas de masajes, oficinas de cambio, agencias de viaje. Decenas y decenas de templos budistas se han reconvertido en pequeños hoteles o albergues... aún queda alguno para uso público. Entro en varios de ellos, la piedra ennegrecida y cubierta por el verdín les da autenticidad. Las habitaciones hoteleras se han integrado en los templos sin alterarlos, equipándolos con toda clase de comodidades; es un verdadero lujo pasar una noche en estos lugares tan particulares; algunos disponen de enormes estanques con nenúfares, árboles majestuosos, orquídeas..., en otros se ofrecen espectáculos de danza balinesa al caer la noche mientras puedes degustar la gastronomía del lugar.

Los chicos me reclaman para ofrecerme un  taxi, parecen ser todos taxistas, las chicas, muy jóvenes en su mayoría, de rasgos exóticos, se encuentran sentadas en las puertas de los comercios intentando por todos los medios que les compres una prenda, un cuadro, un objeto de artesanía... o que te regales un masaje.

Debido al exceso de visitantes, de establecimientos hoteleros... el agua escasea en la isla, esto supone un verdadero problema.

La oferta es muy variada: masajes de todo tipo, taichi, rituales de purificación, baños de pétalos y de ¡chocolate...!, vaya, parece que en la isla abunda la reflexología  podal.

El arte pictórico abunda, también los estilos. Pero la oferta de ropa de moda y prendas tradicionales balinesas se llevan la palma.

El día comienza negociando con un guía local y su coche, me propongo visitar un grupo de templos en los alrededores de Ubud y un volcán, al fin voy a poder ver uno algo más de cerca. Los templos son hinduistas en su mayoría, a veces traspasan esa delgada línea que los separa del   budismo.

La estrecha calle, que más tarde se convierte en carretera, está salpicada de decenas de pequeños templos, a un lado y al otro, muchos de ellos están adornados y casi todos se encuentran habitados, pero esta vez por lugareños, son de uso particular. Una casa, un templo.

Este mundo es una verdadera sorpresa para mí. El primero de los templos se llama Goa Gajan, creo que voy a omitir sus impronunciables nombres. Se encuentran situados en lugares privilegiados, donde la naturaleza se desborda de una forma desmedida. En los dos primeros hay que bajar cientos de escaleras. Los vendedores ambulantes, en muchos casos son un verdadero agobio. Todas las construcciones han sido perjudicadas de alguna forma por terremotos o erupciones volcánicas. Pequeños recintos al aire libre, piedras erosionadas por el agua, cubiertas de musgo. Pirámides esculpidas en la roca con trabajos que son verdaderas filigranas, ofrendas de flores e incienso, con sus característicos olores que lo llenan todo. Subo, bajo..., gracias a que la temperatura no es alta, el ajetreo lo sobrellevo bien.

La carretera está infectada de motos conducidas por jóvenes, cargados con dos,  tres personas, incluso cuatro, algunos son niños de muy corta edad, no comprendo como pueden controlar estos vehículos de dos ruedas y manejarlas con seguridad. El carné de conducir se compra, no se obtiene a través de un examen.

El volcán que buscaba ya lo tengo enfrente, su nombre es Batur, y a sus pies se encuentra un grandioso lago, las brumas lo acechan, pero es perfectamente visible. Me dispongo a comer enfrente de él, el majestuoso Batur. Bali alberga muchos de estos amenazantes volcanes.

Debo dejarlo ya, me espera el último templo, Besakin, el más grande de Bali. Desciendo del coche, abono la entrada, en todos hay que obtener un ticket. Entro en su perímetro y al doblar hacia la izquierda me llevo una grata sorpresa, por sus empinadas escaleras de piedra y desde sus puntiagudas torres piramidales descienden cientos, de indonesios de todas las edades y sexos, todos vestidos de blanco con sus ofrendas florales que portan en cestas encima de sus cabezas o en las manos, ya son miles, salen de todos los rincones, lo llenan todo y eso que el templo es de unas dimensiones espectaculares. No puedo avanzar, mis ojos no saben donde mirar, vienen todos de frente, me sobrepasan ignorándome por completo. Cuando disminuye la marea humana comienzo a subir por un lateral. Todavía quedan muchos en las explanadas rodeadas de muros, altares, deidades religiosas, figuras de madera y piedra, algunos oficiantes continúan en pleno ritual. Penetro en uno de estos lugares y, un guarda loco, vestido con una chaqueta militar de los EEUU se dirige hacia mí con muy mala cara, enfrentándose, gritándome de malas maneras; a la entrada ya me lo habían advertido, pero parece ser que no lo había comprendido correctamente. No se puede entrar si se celebra algún acto, los extranjeros no podemos hacerlo. Continuo hacia los pisos superiores, en el camino me encuentro a un grupo de japoneses estúpidos, en realidad los he estado viendo en varios lugares   durante los últimos tres días, se fotografían repetidamente, me parecen ridículos y horteras, los observo, sus poses fotográficas son propias de una manada de monos. Continuo hasta las zonas más altas y desde allí comienzo a descender por lugares que me son permitidos.

El lugar también está lleno de guías locales utilizando la picaresca para llevarte a su terreno, los ignoro. Y algo del todo incomprensible, en muchos rincones hay vendedores de dulces, artesanía o bebidas, al pasar te rodean, muchas son niñas de corta edad con una desfachatez desmesurada, muy descaradas, que intentan sacarte alguna moneda por el medio que sea; se trata del lumpen, lo más bajo de la sociedad indonesia, la miseria los rodea.

Ya tengo bastante por hoy. Dirijo mi vista hacia el horizonte, son las cuatro de la tarde y atardece, entre las colinas neblinosas se está conformando una tormenta.

En mi camino de regreso puedo ver muchas tiendas-almacén dedicadas a voluminosas esculturas de madera representando a animales en las más diversas posiciones.

Olvidaba narrar algo. Por la mañana después de visitar un jardín botánico, en el que pude encontrar distintas especies indonesias, cultivos sobre todo: café, ginseng, cacao, caña de azúcar, vainilla, me invitaron a una cata de café y té, unas doce tazas con todos los sabores que pude ver en el jardín.  Una verdadera experiencia.

Tras un baño en la piscina para desprenderme del polvo y el cansancio me voy a dormir. Pero hay algo más..., en el segundo templo que visité, en un gran estanque rectangular, varias decenas de indonesios estaban completamente vestidos entre las aguas esperando en una larga fila para celebrar los rituales de purificación en  varios chorros de agua situados en a lo largo de la “piscina”.

Desconocía la intensa espiritualidad de esta población. La religión es poderosa.

Bali forma todo un mundo de masajes, ceremonias, purificaciones, ofrendas, danzas y yoga. Un lugar espiritual, donde se cultiva el interior, el espíritu, más que el cuerpo físico. Por otra parte he de decir que solo he visto  dos librerías en todo mi viaje, ninguna en Bali y absolutamente a nadie leyendo.

Por fin decido ir un rato a la playa, a la costa, seria  imperdonable haber estado más de veinte días en un archipiélago sin conocer sus arenas playeras. Me dirijo al sur, es igual, cualquiera me vale para ver repetidos los tópicos, tan solo estoy dos horas, lo suficiente para darme un baño y reafirmarme en mi posición, la arena está sucia y el fondo marino lleno de cosas, no me apetece comprobar de qué se trata.

Casitas bajas llenas de restaurantes u ofreciendo miles de aventuras acuáticas. Y toda una legión de masajistas cincuentonas ofreciendo sus servicios.

Me vuelvo al interior de la isla. No alcanzo a comprender como puede haber tantos turistas que pasan todas sus vacaciones en un estúpido lugar playero sin conocer nada más de Indonesia. En España las tienes a centenares incluso mejores y sin tener que pasar casi cuatro días en un avión.

El bien sobre el mal, el primero vence al segundo, sobre este dilema tratan todos los guiones de las danzas balinesas.

A la noche asisto a una. El lugar es inmejorable, un escenario natural, ante la puerta de un templo y en medio de un bosque; solo somos ocho espectadores y los actuantes pasan de los treinta, incluidos los músicos. Hay que tener cuidado con este tipo de danzas, existe mucho fraude, algunos grupos están organizados  para deslumbrar a turistas ignorantes, y solo ofrecen mala calidad. Tengo suerte y puedo elegir una representación bastante aceptable, el grupo es serio y se les ve con tablas, muy entrenados, sus trajes son de mucha calidad.

Verdaderamente me sorprenden, los movimientos gráciles de las bailarinas, las facciones de sus caras completamente maquilladas portando coloridos vestuarios y adornos brillantes, llenos de filigranas, algo muy propio de la cultura balinesa. Todo son gesticulaciones perfectas y medidas, parecen marionetas, sus dedos, sus ojos, sus cejas... se expresan con todo el cuerpo, nos trasladan, nos transmiten mensajes, la historia... el bien vence al mal. Y los músicos,  ay... los músicos, son chicos y martillean sus instrumentos de percusión con bastante precisión, otros se dejan las manos tocando sus tambores.

Toda una demostración de sensualidad y exotismo, de bellos cuerpos, delgados, proporcionados. Al acabar me invitan ha hacerme una foto con ellas. Es extraordinario ver sus máscaras grotescas representando a animales mitológicos.

Ubud y otras muchas localidades indonesias son algo parecido a las ciudades-cartón, como si se tratara de un plató cinematográfico con los decorados en el primer plano y detrás de ellos, nada, todo vacío.

Los edificios, la vida, las personas se encuentran en las orillas de las carreteras. Las aceras están llenas de trampas, agujeros por los que cabe una persona y que acaban en una alcantarilla de aguas residuales, falta mantenimiento. Al atardecer es conveniente llevar una linterna si no se quiere tener un grave percance.

Al volver hacia el hotel consigo hacer un par de fotos sobre unos arrozales en el que se reflejan unas torres de madera, la luz en ese momento es especial, única.

Las personas que se cruzan conmigo me sonríen, incluso me saludan juntando sus manos a la manera hindú, sobre todo los jóvenes.

Solo en Bali existe entorno a diez mil templos, para unos centenares de miles de habitantes. Cada persona realiza una ofrenda diaria, en los pequeños templos de los barrios, en las puertas de sus casas... se componen principalmente de una cestita de hoja de palma, caña, bambú, arroz, dulces, pétalos...

Bali significa ofrenda. Cada día se practican incineraciones de muertos, estos guardan algunas similitudes con los toraja, también sacrifican pequeños animales domésticos.

Ahora si, mi regreso ha comenzado, tras hacer varias escalas en Yakarta, Singapur y Estambul, llegaré a Madrid.

En la sala de espera del aeropuerto, me siento en una hilera de butacas, cercanos a mí hay cinco extranjeros, dos están leyendo y uno escribiendo, también hay indonesios, unos seis, cinco están manipulando sus móviles, no es necesario sacar conclusiones.

Los servicios del aeropuerto de Yakarta están repugnantes, hay que armarse de valor para utilizarlos.

Los indonesios no saben guardar el orden en una fila, siempre intentan pasar delante de ti, aunque hayan llegado más tarde, es algo que llevo muy mal.

Ya subo a mi primer avión, delante de mí van sentados una pareja de homosexuales japoneses, con bastante pluma.

A través de mi ventanilla me harto de ver volcanes, es un privilegio poder admirarlos desde esta perspectiva. Allí están, amenazantes, guardianes de su potencia destructora.

Como siempre, así ha sido durante todo el viaje, el aire acondicionado está muy alto.

Tengo frío...

 

 

HATI... HATI...

 

 

En indonesio: Cuidado... Cuidado...

          Cuando escribo estos párrafos los cuales pertenecen a mi último capitulo, puedo decir que soy un recién llegado, un feliz retornado. Evito fatigarme diseñando más descripciones. He desarrollado un relato de veinticinco folios a base de escribir disciplinadamente dos horas diarias, dedicados a esta pequeña aventura, ¿pequeña? Quizá estas palabras sirvan para clarificar algunos pasajes, o citar los omitidos, o... puede que sirvan para confundir más, no lo sé. Mis intenciones son buenas y mi ánimo excelente.

           Allá voy. De todas las islas visitadas, Bali bien merece dedicarle algo de tiempo y no precisamente deben ser palabras positivas, los hombres se han encargado de que esto sea así. Esta isla, de las más pequeñas, es mágica y encantadora. Por su dedicación exclusiva... a tiempo completo hacia el turismo más empalagoso hace que cambien las cosas.

           Todos son tópicos y playas de cartón piedra, bodas balinesas a cuatrocientos euros, discotecas imposibles, hermosas mujeres de largas melenas negras y lacias con aires golfos paseando por los límites de los resorts todo incluido ofreciendo masajes y minutos felices. Tampoco debemos olvidar a esos poligoneros tatuados asiduos de Ibiza.

           Claro que todo esto pueden ser postales con falsas imágenes. El otro lado de la balanza se encuentra descrito a lo largo de los veinticinco folios citados antes.

            La isla de Bali es hermosa, aunque es el único lugar en el que pude ver carteles desteñidos de la coca-cola, ello forma parte del decorado.

            Deseo señalar algo..., hace un tiempo leí un texto de Rosa Montero que señalaba: “Algunas agencias de viaje al promocionar algún país exhiben cierto primitivismo como algo original cuando es autentica miseria y retraso”. ¡Qué cierto es!

          Algunos turistas cursis y bullangueros, al volver de viaje de novios de alguno de estos paisajes falsos se creen “ciudadanos del mundo”, estúpidos.

          Me reafirmo: Indonesia son cien países, múltiples culturas, etnias, idiomas, olores y colores. Duros paisajes volcánicos, resbaladizos senderos, tibios amaneceres y mucho, mucho... arroz con ese pajarraco insulso al que le llaman pollo.

          Obstinadas e intensas lluvias, y el sol cayendo implacable sobre las calcinadas laderas de los cráteres volcánicos.

          Vidas monótonas y anodinas  en las monstruosas ciudades como Yakarta, llena de cables voladizos enmarañando el cielo.

           Nunca podremos encontrar hombres altos y musculosos, ni mujeres de gran envergadura, la gente es fibrosa y diminuta.

           Mi viaje se componía de dos objetivos principales: conocer el mundo, el hábitat de los orangutanes, único en el mundo, y vivir durante varios días en la tierra de los toraja, ese pueblo de hombres y mujeres con sus búfalos, conviviendo con la muerte, ellos nunca mueren, son cómplices de la parca.

           Indonesia tiene que aprender a poner freno a la alta contaminación, al despilfarro de agua, a controlar su desarrollo turístico. ¿Qué es eso de vender islas para construir macarrónicos complejos turísticos? No olvidemos tampoco la persistente deforestación, la tala indiscriminada de maderas nobles. Ay...y  esa incurable y galopante corrupción que perpetua la pobreza endémica.

           Atrás han quedado los atentados terroristas islámicos que hirieron de muerte al país, el treinta por ciento de los indonesios se quedo desempleado, los turistas huyeron. No olvidemos tampoco el desastre natural en forma de tsunami que arrasó la parte más septentrional de la desconocida y enigmática Sumatra.

           Sin duda alguna Indonesia me emociona. Me ensimismaba ver bajar la bruma por las faldas de los volcanes, admiraba la forma de caminar de los campesinos por esos caminos resbaladizos con sus pies descalzos. Me sorprendía con los ancianos de rostros profusamente arrugados tejiendo o secando los granos de café o cacao. Y que decir de sus enigmáticas danzas, sus ceremonias, sus templos, su espiritualidad.

           Guardo fielmente en mi memoria una imagen. Mis pálidos ojos ocultos tras las gafas de sol pudieron ver a un anciano con su mirada ausente, vestido tan solo con un pareo, tenía el aspecto de un desenterrado.

           Dormía en una casa-barco toraja. Soñaba con unas niñas excesivamente maquilladas portando las fotos de sus familiares muertos, las conocí por la mañana, me sonreían mientras las fotografiaba. Sus allegados acababan de sacrificar a una docena de búfalos, varios cerdos y caballos, una verdadera matanza, una orgía de sangre. Yo correteaba por el inmenso charco de sangre y barro para no perderme detalle. No me reconocía.

           Caminé durante días por selvas impenetrables, llenas de agua, por sugerentes arrozales aterrazados. Atravesé aldeas silenciosas llenas de gallos y letrinas al aire libre. Me cruce con campesinos encorvados y niños perfectamente uniformados andando durante horas para acudir a la escuela más cercana.

           Compartí una puesta sol con los bugi, ese fue otro momento relevante, en el lago Tempe. Una anciana me preparó té y un cuenco rebosante de plátanos fritos en su flotante y modesta casa de bambú situada en el centro del lago, mientras el sol  se retiraba. Entonces la lámina de agua se convierte en un espejo y todo queda reflejado en él, esperando la oscuridad. Un lugar desconocido para mí, estoy tan lejos de mi civilización.

           Mi mochila huele a ropa sucia. A mi cuaderno se le acaban las hojas en blanco. Hace días que extraño el chocolate negro y la tortilla de patata, por ese orden.

           He visto cosas que pueden impresionar hasta el viajero más endurecido.

           Estoy contento con lo escrito, he dejado aflorar todas las emociones que me ha aportado este viaje.

           Mis ojos nunca podrán estar enfermos, ni vagar por el infinito, tampoco mi mente.

           Todavía tengo una casa a la que volver y alguna esperanza de la que colgarme. Vuelvo embriagado de sentidos.

           Quizá haya dejado de pertenecer a esa raza de inadaptados que se dedican a vagar por el mundo a su libre albedrío.

            Ya llego a mi ciudad, el calor me aplasta..., siempre veo esos bloques de viviendas con cierto aire carcelario. De algunas ventanas cuelgan excesos patrióticos. 


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