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 CRóNICA DE UN VIAJE AL INTERIOR CATAMARQUEñO

 Escribe el relato: Ezequiel Morales

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La historia comienza, necesariamente, en Cachi. La historia comienza con una despedida, pensada y repensada dando vueltas por las calles empedradas y señalizadas con madera de cardón, que ese pueblito encajado en la mitad de ese Valle que recuerda al cacique Juan Calchaquí, aun conserva.

Sucedió que mis amigos habían planeado subir a los Nevados de justamente, Cachi, una montaña de tres picos de más de 5000 metros de altura y que requería una expedición que la verdad no estaba convencido de hacer. Además, me había quedado en el tintero del año pasado conocer Antofagasta de la Sierra, un lugar que volveré a hacer mención más al final de este relato. En fin: me costó unos días tomar la decisión, pero me decidí otra vez rumbear hacia la ignota Catamarca.

Me despedí una fría mañana a las 9, de Sara, Diego y Lechuga, los expedicionarios que retaron a la imponente montaña. Habíamos sacado la noche anterior dos pasajes para el transporte Marcos Rueda, de esa empresa que es la única que une Cachi con la capital de la provincia, la ciudad de Salta. Digo habíamos, porque Vicky se subió a ese micro conmigo: ella se iba también de Cachi, pero para conocer la Quebrada de Humahuaca y enloquecer como siempre que alguien es envuelto por primera vez por miles y miles de colores. Pasamos la Cuesta de Obispo, viajando adentro de las nubes (no es una metáfora), y zigzagueando a más de 4000 mts. de altura. Magia.

La última vez que la vi a Vicky con una mochila fue en El Carril, sobre la ruta provincial 68. Siguió rumbo al norte en el Marcos Rueda. Yo, por mi parte, empecé a relacionarme conmigo mismo. Ya no había una persona de confianza para tirarle chistes. Ya no había una persona de confianza para ponerle mala cara para que después se me pase y, ponerle de nuevo la mejor sonrisa. Ya no había a quien cebarle unos mates a la mañana. Ya no se podía compartir una cerveza.

Se me ocurrió meterme en un ciber y mandar un mail dando aviso a mi casa del cambio en la hoja de ruta; creo que en cierto modo a nadie le cayó por sorpresa. A la hora, hora y pico, apareció El Indio ¿Solari? No, no…transportes El Indio, la empresa que une el norte con el sur de Salta, donde me dirigía.

Cafayate tiene ese “no se qué” que uno siempre usa para definir a los lugares, cosas o personas que atraen pero que no se sabe con seguridad cual es el verdadero motivo de esa atracción. Lo cierto es que volví a esa ciudad a la cual había visitado unos días antes, y busqué con apuro el bolsito norteño que le había prometido a Maru antes de salir de Buenos Aires, que le iba a comprar. El tiempo que tenía de trasbordo era poco, por lo que me decidí a buscarlo en otro pueblito (en el norte, siempre se encuentra la misma mercadería, y más barata, a medida que vas subiendo ¡Subiendo! No bajando como yo…) y seguir viaje rumbo a Amaicha del Valle, provincia de Tucumán. Tengo que reconocer que calculé mal y se quedó sin bolsito.

En Amaicha me reencontré con esa perrita negra y cachorrita que nos seguía a todos lados. La última vez que la habíamos visto era entrando a la Refinor de la ruta y significaba un golpe bajo para alguien como yo, que había tenido que sacrificar a mi perro ese mismo año. Cuando la encontré, me la llevé de nuevo hacia el camping donde la habíamos encontrado, para devolvérsela a la dueña, como haría cualquier hijo de vecino. ¡Pero! Había olvidado un detalle: los perros en el norte no tienen dueño. También me lo encontré a Luís, ese mozo misionero y charlador al que, luego de invitarle unos mates en una esquina cualquiera, me contó la historia de su vida, que se había escapado de su mujer, que tiene una hermana que no ve hace más de 20 años, que estaba planeando un viaje a la Antártida (sí, sí, de Amaicha del Valle a la Antártida) gracias a los contactos que mantiene en la en el Ejército, fuerza de la cual lo pasaron a retiro vaya a saber porqué motivo que no quedó muy claro, y que me lo crucé por la calle porque estaba gozando de su día franco que le habían dado en su trabajo, el “Rancho Pakarín”. Se me hacía tarde, se iba el micro de la Aconquija. Me despedí de Luís y agarré mis bártulos. Fue un día largo, que empezó casi al norte de Salta y termino al norte de Catamarca, pero habiendo parado en 5 pueblos distintos.

En Santa María me di cuenta que algo había cambiado: apenas puse un pié en la ciudad, los gritos y el alboroto se hacían notar ¿Fiesta? Nada de eso. Ese viernes se cerraban las campañas electorales en la provincia, después de las doce de la noche comenzaba la denominada veda electoral. No sé si se festejaba la elección o justamente, la veda. Al llegar a la plaza, me encontré con una caravana del oficialismo catamarqueño, con la gente del gobernador radical Brizuela del Moral dando vueltas arriba de una F-100, y con un séquito de autos siguiéndola detrás. Frenaron. Bajaron de los coches y subieron (los de la camioneta) a un escenario montado sobre una de las calles. Como buen curioso, me quedé escuchando uno a uno los discursos, que creo habrán sido 5 o 6. Si llegaron leyendo hasta acá, es porque les interesa el relato o me quieren mucho; déjenme decirles entonces que en todos esos discursos no escuché una sola propuesta concreta. Ah, claro, me olvidaba. Yo en medio del acto, con la mochila cargada y el termo en la mano. “¿Y este?” , parecían preguntarse los concurrentes.

Mi espalda pedía clemencia y mis piernas latían. Conseguí una habitación en una casa por 15 pesos, baño incluído y cocina también, en un domicilio a 2 cuadras de la plaza principal, de una señora que si mal no recuerdo se llamaba también Sara, como nuestra compañera de viaje anteriormente, pero en una versión mas añejada y tucumana, no finlandesa como la primera.

Me fui al Comedor Obrero, donde el año pasado junto a Javi, un amigo que hice en esa misma ciudad, comimos unas lasañas que rebalsaban de verduras y salsa rosa. ¡La gloria para un viajero de este estilo! Este año fueron tallarines a la bolognesa, otra delicia. Precios baratos, gente en la otra mesa jugando al truco (era el buffet de un club), y un fernet para rematar la noche.

Al otro día me fui de la pieza. Recorrí otra vez Santa María, di vueltas, tomé mate en la plaza. Se me acercó un hippie que vendía sus trabajos en un paño ahí en la esquina. Se llamaba Jorge, era de Mataderos y tendría unos 40 años; el cálculo no fue en base a su apariencia física, sino a la charla que tuvimos. Lugares, música, política, cultura, medios, anécdotas, experiencias de vida…la verdad no recuerdo con exactitud todos los temas que hablamos durante dos horas, pero estoy seguro que fueron muchos y que gente así me hace seguir creyendo en esta manera de viajar. Me regaló un par de aros hechos en madera de mate, no porque yo usara, sino por los dibujos que tenían tallados, que aludían críticamente a un par de televisores.

Pero algo estaba mal, los cálculos no me cerraban. Yo quería llegar a Antofagasta de la Sierra, tenía entonces que bajar hasta el centro de la provincia para volver a retomar casi 300 kilómetros al norte, por otra ruta. Probé llamar a la empresa que iba para allá, El Antofagasteño, y corroborar las salidas de los micros. Ahí estaba el problema. Me había equivocado de página Web y los datos que tenía de esos micros estaban mal. Le erré por tres días al micro, para viajar por una ruta que jamás había estado y que me daba la impresión que decir desolada era poco. Contrariado, busqué un ciber para pasar el rato. Descubrí un mail de mi papá, en respuesta al que yo mandé avisando el cambio de rumbo; me contaba de un nuevo trabajo que había conseguido y que lo tenía contento, pero por sobre todas las cosas, sin proponérselo me dio el aliento que necesitaba para poder seguir adelante, de volver a pensar en Antofagasta de la Sierra como sea, en un momento en que, sólo como estaba, me replanteaba seriamente hacia dónde apuntar.
A la mañana siguiente me levanté temprano, (había dormido en el camping municipal) y fui a tomarme el micro a El Eje, parada obligatoria si quería llegar adonde quería llegar. Lo recuerdo bien: se llamaba Transportes San Cayetano y llevaba el equipaje arriba del techo; los asientos eran grandes, aunque rotos. Me acomodé como pude en el fondo, para dormir una siesta. Al cabo de un rato me desperté en el medio de un enorme desierto, de un valle desoladísimo que no tenía signos de ningún caserío o pueblito cercano; el sol rajaba la tierra. De repente, cambió bruscamente la calzada sobre la cual estabamos yendo, y una nube inmensa de polvo entró por la ventana que estaba delante de mío, dejando invisible e irrespirable atmósfera del micro.

Llegamos a Hualfín, allí cerquita de donde Minera La Alumbrera extrae sin ningún tipo de límites el metal que encuentre, para llevárselo rápidamente de Catamarca en un caño subterráneo a Tucumán, y desde allí en tren hasta Rosario, donde finalmente es embarcado y sacado del país sin ningún tipo de control (hace poco tuve la oportunidad de consultarle esto personalmente a Pino Solanas, que me agregó el dato de la vía de tren). Vacían las montañas gratis.

El San Cayetano me dejó en El Eje, que al bajar entendí que era como decir “en Pampa y la vía”. Un cruce carretero, un par de carteles y una construcción maltrecha eran lo que sobresaltaba de un desierto aún mayor que el que se veía en camino hacia allí. Pero no estaba solo, tres mujeres más grandes que yo también estaban junto a dos hombres. Nadie tenía una mochila como la mía, o sea que nadie estaba en la misma que yo. Por las ropas y aspecto, la gente iba a sus lugares o a pasar unos días en lo de gente conocida, otra opción parecía no haber.

Les pregunté qué hacíamos y me dijeron que ellos iban a esperar a que pasará alguien para ver si nos llevaba. ¿Pero nos llevará a todos? Pregunté. “Y…depende lo que venga y cómo venga. Hay que esperar”, me dijo simpáticamente el compañero de ruta. Para suerte nuestra, a los pocos minutos llegó una Ford F100 que nos cargó a todos atrás, además de dos tipos que ya llevaba sentados. Me agarré fuerte y me senté en el piso. Los dos hombres que viajaban conmigo me dijeron que la camioneta iba hasta la Puerta del Corral Quemado, un primer pueblito a un par de kilómetros de ahí, de manera inevitable que mi viaje tenía que seguir por otros medios. Allí, nos bajamos con dos de las mujeres, que me comentaron que ellas también se iban para Antofagasta de la Sierra.
Estábamos esperando algo que suba para La Puna, cuando de repente el cielo abierto y celeste se puso plomizo, y las nubes viajaban a una velocidad que juro nunca antes haberlas visto. Todo el cielo se cubrió, el viento soplaba de manera tremenda y sumado a la geografía desértica, todo lo que no estaba bien sujetado a la tierra empezó a volar. Esto no fue en más de 2 minutos, lo aseguro. Como por arte de magia, una de las maestras me hace señas de que había llegado un auto. Nos subimos casi sin preguntar para dónde iba exactamente, lo único cierto era que viajaba en la misma dirección que nosotros y que, nos sacaba del apuro de la tormenta de arena que tanto había escuchado hablar del Sahara, pero en versión catamarqueña. A medida que el auto avanzaba en la ruta se veía la arena desplazarse de lado a lado, pegando contra el parabrisas y saliendo por el costado.

Entonces que me puse a hablar con las dos mujeres, que resultaron ser maestras que enseñaban en dos escuelas de la zona a la que yo quería llegar. Ellas eran de Santa María, de donde habíamos partido con el destartalado San Cayetano y que habían vuelto por ese domingo solamente para poder cumplir con su obligación de votar. Me contaron del compromiso que para ellas representaba el participar de las elecciones, pese a estar tan lejos de donde estaban habilitadas en el padrón. Ambas eran fiscales, pero de distintos partidos: un era de la Coalición Cívica, y la otra era de un partido regional relativamente nuevo, llamado “Fuerza de los pueblos” cuya bandera era la lucha que hay que dar contra las mineras, que tanta importancia tiene en todo el norte, pero de lo que el común de la gente prefiere no hablar. Por miedo o conveniencia.

A todo esto, viajábamos sin parar en dirección a Antofagasta con la incertidumbre de si hacíamos a tiempo o no de llegar. Nos despejó la duda el tipo que conducía, que nos avisó que llegaba hasta Barranca Larga, mucho antes.

Les pregunté a las maestras si había un lugar donde parar, porque aunque tenía mi carpa el clima no estaba como para armarla: el viento hubiese sido demasiado duro, además del frío de la Puna que se siente igual en cualquier provincia que se esté. Por suerte me dijeron que sí, que había una hostería, la única del lugar.

El auto nos dejó en la comisaría, donde entramos preguntando si había alojamiento para poder dormir una noche. Las que buscaban camas eran ellas, yo con un piso donde poder tirar mi bolsa me conformaba. El policía de guardia salió al recibimiento al grito de “no hay lugar eh”, mucho antes que intentemos explicar nuestros porqués. Quisimos tratar de convencerlo, yo le conté mi caso particular, pero no resultó. Después me pregunté si no hubiese sido bueno aprovechar algún calabozo vacío, que estaba seguro sobraban en un lugar así. Pero la cuestión fue que eso no pasó y nos tuvimos que ir a la hostería, en diagonal al destacamento. Ahí adentro me encontré con un 29 pulgadas, varias mesas de lo que eran una confitería, la única del ¿pueblo? El lugar estaba sin luz, todo Barranca Larga estaba igual, por culpa de la tormenta de arena, pero al parecer la gente de allí y acostumbradas a este tipo de cortes, planificaron reestablecer nuevamente el servicio para las 22, “para poder ver los goles”. Podían hacerlo gracias al un generador a combustible que tenían en el patio. Estaban varias personas; había también un grupo de obreros que estaba trabajando unos kilómetros más arriba, señalizando la ruta.

Esa noche cené una sopa de sobrecito que manoteé del fondo de la mochila, y algunas galletitas. Lo recuerdo perfectamente: hablé durante un par de horas con una de las maestras (imposible recordar su nombre) acerca de la situación que se vivía allí en la provincia, en esos lugares tan recónditos, escondidos e inaccesibles que las montañas encerraban. El interior del interior, si se quiere. Le pregunté si realmente se habían ido hasta allá para votar, y me respondieron que sí, que era muy importante para ellas. Yo por dentro pensaba en lo que había conocido del norte, del olvido y la sistemática desidia que se tiene hacia la gente, de las historias que ellas mismas me contaban un rato antes, que hablaban de gendarmes que quien sabe si a punta de fusil, pagando una coima u otra manera que mi imaginación no imagine, cambiaban convenientemente las urnas, en medio de los cerros. Entonces: hicieron un viaje de 500 kilómetros de ida y lo mismo de vuelta, en micros destartalados que viajan en senderos de montañas, sólo para poder entrar al cuarto oscuro, agarrar su lista y meterla en la urna. Un acto de grandeza, desconocido, anónimo y escondido en el fondo de Catamarca. Eso es democracia.

Pero Barranca Larga no era un lugar como para quedarse. A la mañana siguiente nos levantamos temprano y a las 7,30 una de ellas ya estaba firme en el camino, esperando algún camión que pasara hacia adentro de la cordillera.

En 6 horas de espera sólo pasó una camioneta que no nos quiso llevar. Mi idea de llegar a Antofagasta de la Sierra cada vez se diluía más; mientras, leía y leía a Galeano en Las Venas Abiertas de América Latina, para que la espera se me hiciera un poco más amena. Pero casi llegando al mediodía les dije a las maestras que si para esa noche no estaba ya en Antofagasta, buscaría la manera de volver “hacia la ciudad”, que es lo mismo que decir Belén.

No sé si lo dije muy fuerte o qué, pero una camioneta de los tipos que estaban señalizando la ruta unos kilómetros más arriba, bajaban a Belén a buscar plata y combustible. Miré a las maestras y me despedí.


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